El 'Beach-Spreading' tampoco lo han inventado los americanos

Verónica Vicente
VERÓNICA VICENTE

Un compañero freelance, léase PAP (periodista autónomo puteado), me envía este artículo de The New York Times sobre el auge del Beach-Spreading en las costas de Nueva Jersey y automáticamente pienso que en castellano el término vendría a ser algo así como esparcimiento playero. Paro y vuelvo a pensar: quien vea en esto una novedad es que no ha veraneado en Levante en su vida.

El término no lo ha inventado el rotativo neoyorquino. En realidad ha sido acuñado por la periodista Amy Rosenberg del diario The Philadelphia Inquirer, y es primo etimológico de otro esparcimiento: el Manspreading. Pero por mucho que el palabro llame al clic desde el titular (todos lo hacemos) que nadie confunda patriarcado con intolerancia playera o con esa necesidad tan humanamente hortera de algunos por estar en la naturaleza como en su propia casa. 

Si mi libertad termina donde empieza la de los demás, más me vale llevar la toalla XXXXL y esparcir en un perímetro de varios kms a la redonda todas mis pertenencias. Mis propios hijos si hiciese falta Lo digo con conocimiento de causa. Me he criado a la vera del Mediterráneo y tengo un máster en observación y análisis de fauna en las playas de Alicante. Incontables horas de toalla me avalan. En el Levante español se inventaron (entre otras) las rotondas, los macarras, la corrupción y el turismo más 'ranciosolplayero' de Europa. Poca broma con el esperpento turístico en el que hemos convertido nuestras preciosas costas en el último medio siglo a cuenta del Spain is different franquista. ¿Cuándo fue la última vez que pisaron Benidorm, Mojácar o Magaluf? El Beach-Spreading es Made in Levante. Esto no es que sea motivo de orgullo, o sí (depende de a quién le preguntes) pero para algo que hemos inventado nosotros hagamos el favor de reclamarlo.

El esparcimiento playero nació en la costa mediterránea y hace rato que ya pasa de castaño oscuro. El Levante español en agosto es la M-30 en hora punta, la puerta de El Corte Inglés un siete de enero, la iglesia en la boda de Lolita. Hordas de sudorosos currantes sorteando toallas ajenas de puntillas para no quemarse, nevera (azul, que enfría más) en mano camino de la 'Meca' del asalariado medio (español y guiri, ojo).

No nos hace falta mirar a Nueva Jersey para escandalizarnos. En las playas levantinas de agosto cabe todo y de todo. La gente levanta en cuestión de minutos auténticas catedrales sobre la arena capaces de albergar varios clanes bajo su sombra. Carpas, tipis indios, quechuas (con perro y bici), siete sombrillas por familia, pañuelos gigantes convertidos en tenderetes, sábanas bajeras de cama matrimonial... (#noficción). El caso es montarse el chiringuito y explayarse, ante todo extenderse. Delimitar y hacerse fuerte en el asentamiento pirata, porque si mi libertad termina donde empieza la de los demás, entonces más me vale llevar la toalla XXXXL y esparcir en un perímetro de varios kilómetros a la redonda todas mis pertenencias. Mis propios hijos si hiciese falta. Al beachspreaderadvanced lo que le pone es estar en la playa como en su casa y eso implica hacerlo con premeditación y alevosía desde bien temprano. Lo que se conoce como logística del asentamiento playero.

El maletero se llena de 'porsiacasos' y 'novayaserques' que acabarán plantados en la arena ocupando el espacio de las tribus playeras menos madrugadoras De hecho, el Beach-Spreading en realidad nace en las cocinas, los trasteros y los garajes. Se gesta en el filete de pollo empanado, la tortilla, la lata de olivas y el tupper de melón cortado (el beachspreaderpro lleva el melón entero y lo corta allí mismo con un cuchillo sobre la mesa blanca de plástico de la terraza porque él/ella puede, que para eso va a echar la quincena y se ha gastado la extra en la carpa). Lo mismo con las neveras. Para qué llevar una si tengo varias y puedo meter en una las bebidas con las placas de hielo, en otra los helados, ¿y la fruta?, pues en la que se dejó mi cuñado Jose la última vez que vino a vernos, ¿no?

Los niños no vaya a ser que jueguen entre ellos: mete raquetas y balones para todas las disciplinas, la red de cubo-rastrillo-pala, la pelota de Nivea, un camión cisterna, manguitos, flotador, las gafas de bucear, las de sol, las aletas, la tabla de surf, la gorra, la toalla, las chanclas, tres botes de crema, la colchoneta-barco, cuatro bañadores de repuesto por si la cistitis, tapones por si la otitis y la trona para sestear. Media docena de sillas, la piragua, tres sombreros de paja, una ballesta para la caza submarina y dos o tres libros por si me acabo hoy el que empecé en abril y... ¡listos para salir! Así es como el maletero del coche se llena de 'porsiacasos' y 'novayaserques' que acabarán plantados en la arena ocupando el espacio de las tribus playeras menos madrugadoras, condenadas a acampar a 16 kilómetros de la orilla.

La orilla. Capítulo aparte. Shore-Spreading lo llamarían los americanos creyendo haberlo descubierto. Pero a orillas del Mediterráneo yo he visto cocodrilos hinchables tres veces más grandes que el niño que los portaba, mesas redondas de señoras varadas con gafas de sol tumbadas boca abajo jugando al efecto Spa, padres crueles grabando con una inquietante sonrisa el llanto de su criatura bañándose por primera vez, temerarios bebés merendando arena, ancianas jugando al tute sobre una suerte de estructuras de plástico capaces de aguantar el peso de cuatro jubiladas que gustan de echar la partida con el culo fresquito y los callos a remojo. Tres cuartos de lo mismo con los señores en la costa, pensionistas empalmando el moreno de Semana Santa con el de junio sentados en el agua con la misma silla que usan para ver la Champions en el patio de casa. Las columnas de millennials no se quedan atrás: beachspreaders musicales, en parte culpables de que al final del verano seas capaz de entonar a Maluma sin entender cómo.

Los que no hemos catado playa aún y sobrevivimos al infierno de asfalto y fuego yendo a la piscina también somos víctimas urbanas estos días del fenómeno Pool-Spreading, me atrevería a decir que más severo si cabe que el primero. La arena es limitada pero, ¿qué me dicen del césped de las piscinas municipales de la España de interior? Esa matemática forma de colocar las toallas para hacerse un hueco es digna de la legión romana. ¿Alguna ley no escrita rige cuál es la distancia de seguridad a la que extender mis pertenencias en agosto sin que toquen las chanclas de la pareja de al lado? Lo nadarse unos largos ya ni hablemos.

Pero no nos hagamos los escandinavos, por favor. Seamos honestos respecto a la dilatación estival. Quien más quien menos alguna vez ha practicado el Beach-Shore-Pool-Music-Spreading (aunque sea nivel beginner) especialmente si ha veraneado en Levante, porque Levante en agosto es la jungla y solo los más fuertes sobreviven. Para los playeros románticos y más contenidos, minimalists beachgoers los llama The New York Times, hay esperanza. El Beach-Spreading tiene fecha de caducidad en las costas mediterráneas: 1 de septiembre. Hasta entonces disfruten de la hora punta y traten de llegar con tiempo para atrincherarse en condiciones, que a este verano aún le queda una quincena de telediarios. Felices vacaciones. Yanqui el último.

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