Decenas de trabajadores han dejado su puesto en la Expo antes de que la muestra cumpla su primera semana. En Ranillas trabajan más de 6.000 personas y las largas jornadas y el volumen de trabajo son ya los principales motivos de abandono.
Los trabajadores que se van aseguran que el sueldo (de 1.100 a 1.500 euros brutos al mes) no es suficiente para lo que se les exige. Turnos de seis o siete días seguidos, jornadas de hasta 12 horas o sólo 15 minutos de descanso en ocho horas son prácticas habituales.
Los despidos voluntarios se producen tanto entre el personal de los pabellones como entre la plantilla de atención al público contratada por la Expo. «Me contrataron para atender a visitantes y acabé en un torno de entrada haciendo el trabajo de los compañeros que se escaquean», comenta Sara G, una trabajadora que se acaba de despedir.
Expoagua no ha facilitado el número exacto de bajas registradas durante estos primeros días, aunque fuentes de la muestra señalan que no les han pillado por sorpresa. No en vano, hace mes y medio se creó una bolsa de empleo con más de mil currículos para cubrir vacantes.
El personal llegó a Ranillas la última semana de mayo y las primeras bajas se produjeron antes de la inauguración. «Aguanté diez días, lo que tardaron en darme el contrato, pero hay compañeros que se fueron al segundo día y otro cuando vio el uniforme », señala David S.
Ellos ya lo han dejado
«Ese trabajo era un caos. Me mandaban correos electrónicos por la noche para decirme a qué hora tenía que ir al día siguiente y a veces, cuando estaba de camino, me llamaban para que no fuera. Estaba 12 horas al día de pie y no podía beber agua porque decían que daba mala imagen», explica David, de 28 años, que trabajó en uno de los pabellones más emblemáticos de Ranillas.
«Pasar ocho horas seguidas de pie es agotador, sobre todo con los incómodos zapatos del uniforme. Además, me han asignado un puesto inferior a mi preparación, no han debido mirar ni el curriculum. Me voy porque creo que sirvo para algo más que recoger entradas en la puerta de la Expo», dice Sara, de 31 años, que acaba de presentar su dimisión.
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