En el minuto 54 del partido contra Rusia, cuando el cuarto árbitro levantó el cartelón de los cambios de España con el número nueve, a Fernando Torres le cambió el gesto de la cara. El delantero del Liverpool se encaminó a la banda muy serio e hizo caso omiso del saludo de Luis Aragonés. Al día siguiente el seleccionador, al que nunca le ha gustado que se cuestione su autoridad, lanzó un dardo al jugador: "Esto no se quedará así".
Fernando Torres se siente víctima de Luis Aragonés. No alcanza a comprender por qué siempre le cambia a él. De los 41 partidos que ha jugado con Luis en la selección sólo ha terminado 11. Torres cree que necesita los noventa minutos para alcanzar su máximo rendimiento.
Después del toque de atención de Luis, Torres se ha autoinculpado: "Me enfadé conmigo mismo. Siempre se puede mejorar". No son palabras para la polémica, pero lo cierto es que desde que coincidieron en el Atlético de Madrid en 2001 su relación está plagada de tensiones y mutuas suspicacias, aunque siempre fue correcta, cordial y amable.
Bajo control
Luis, quizá para motivarle, siempre le puso algún pero al jugador, subrayando en público alguna deficiencia o algún aspecto de su juego a mejorar. El seleccionador siempre ha sospechado de los jugadores carismáticos. No le ha gustado nada que el jugador ventile su egoísmo y sobre todo en un partido que se ganó por 4-1.
Después de las declaraciones de Torres las aguas vuelven a fluir tranquilas. Es lo que quieren todos. Luis y Torres saben que la unidad de la selección y el éxito en la Eurocopa dependen, en buena medida, de cómo gestionen este conflicto, que, de momento, parece controlado.


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