Envuelta en un vestido rojo y contoneándose de forma sinuosa sobre un piano de cola ante la arrebatada mirada de Jeff Bridges para Los fabulosos Baker Boys, o disfrazada de mujer-gato en Batman vuelve, Pfeiffer ha dejado papeles que son ya historia del celuloide.
Ese legado empezó a forjarse desde muy abajo, aunque las raíces suizas, suecas, alemanas y holandesas de esta californiana hicieron de ella un cocktail explosivo que le deparó el título de Miss Orange County con 20 años.
El primer paso ya estaba dado para lograr sus primeros papeles en anuncios de televisión o en cintas de escaso presupuesto y menor calidad, aunque hasta para eso tuvo fortuna ya que logró estar en el reparto de Grease 2, una cinta de infausto recuerdo pero que le sirvió para darse a conocer en Hollywood.
Otro golpe de suerte le sobrevino un año después cuando Brian De Palma la contrató para su clásico El precio del poder, en donde encarnó al objeto de deseo del gángster Tony Montana, al que dio vida Al Pacino, con quien volvería a coincidir en Frankie y Johnny.
Pero en ese periodo de tiempo, a la Pfeiffer le dio tiempo a convertirse en una de las intérpretes de referencia en la década de 1980. Filmes como Lady Halcón; Las brujas de Eastwick o Conexión Tequila así lo atestiguan.
Para entonces se había divorciado de su primer marido, Peter Horton, con quien contrajo nupcias en 1981.
Sin embargo, el reconocimiento de la crítica le llegó con Las amistades peligrosas, del británico Stephen Frears, y por Los fabulosos Baker Boys, trabajos por los que logró candidaturas al Oscar. La segunda incluso le deparó un Globo de Oro, el único en su carrera.
Estaba en la cima de Hollywood y comenzó los 90 imparable, junto a Sean Connery en La casa Rusia y en Batman vuelve. Su tercera nominación al Oscar llegó meses más tarde por Por encima de todo, y un año después se embarcó en La edad de la inocencia.
Aquél fue posiblemente su último gran papel, aunque siguió cosechando éxitos comerciales, tanto por su cuenta (Mentes peligrosas), como al lado de nombres ilustres (Jack Nicholson en Lobo; Robert Redford en Intimo y personal) y de promesas que venían pisando fuerte (George Clooney en Un día inolvidable).
Pero, aunque volvió a la primera línea del éxito al comienzo del nuevo siglo con Lo que la verdad esconde y Yo soy Sam, emprendió un silencio interpretativo durante cinco años.
¿Motivos? Nunca le llegó a seducir del todo lo que representa ser un miembro del "star-system" y prefiere la vida familiar junto a su marido desde 1993, el productor televisivo David E. Kelly, y sus dos hijos -Claudia, adoptada, y John-.
Ese bache se rompió en 2007 de forma estruendosa con el estreno casi simultáneo de Hairspray y Stardust, en las que plasmó todo su esplendor físico aún con 49 años.













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