Llorera fácil, miedo a asumir la nueva responsabilidad, sensación de vacío y de impotencia... Entre el 20 y el 25% de las andaluzas, es decir, 1 de cada 4 o 5 mamás sufre una leve depresión posparto, lo que se conoce como maternity blues. Dura de 3 a 20 días, pero igual que viene se va, desaparece sin tratamiento, basta con el roce y el cariño de los suyos.
Sólo entre un 1 y un 3% de las madres padecen depresiones más graves que pueden desencadenar en cuadros maniáticos, psicóticos y hasta de rechazo al bebé. «Aquí hay que recurrir al psiquiatra. Se suele dar en personas con antecedentes de síndrome ansioso y depresivo», dice Manuel Vargas, del Hospital Virgen de Valme (Sevilla).
La respuesta a esta tristeza difícil de explicar está en las hormonas. «Es una expresión fuera de lo habitual, exacerbada por los cambios hormonales y el miedo a la nueva situación», explica el doctor Antonio Díaz Jiménez de la Serna, del Virgen del Rocío, en Sevilla, donde se atienden anualmente 8.000 partos.
¿A quién afecta más?
Las mujeres con un nivel medio alto, sobre todo las ejecutivas, son más propensas a padecer depresiones leves, y las que tienen niveles inferiores, a sufrir depresiones graves. Así lo entiende Luis Cabero Roura, ex presidente de la Sociedad Nacional de Ginecología y Obstetricia, una teoría que no comparte Evaristo Jiménez Ramos, ex presidente de la andaluza: «La clase social no tiene nada que ver», dice el doctor.
Para Antonio García sí influye el nivel cultural y de información de las pacientes. «Las mujeres más preparadas y las que leen más son menos propensas a sufrir esta tristeza», dice Jiménez de la Serna.
Los tres especialistas coinciden en que el mejor consejo para las madres es que estén preparadas para asumir el proceso de la maternidad, se informen y que se las apoye en el entorno familiar.
«Se te cae el mundo encima»
«Te sientes tristona y, sobre todo, muy sola. Se te cae el mundo encima, no sabes cómo te las vas a apañar. Los 9 meses de gestación me sirvieron para planificarme y prepararme pero, cuando nació Jaime, me cambió la vida. Cuando me recuperé física y mentalmente, me encontré mucho más fuerte. Mi hijo es lo mejor del mundo, su sonrisa no la cambio por nada. También ahora entiendo mucho mejor a mis padres», dice María, quien tuvo a los 33 años a su primer hijo, Jaime.

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