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Déjà vu

Déjà vu - Cartel
Título V.O.
:
Déjà vu
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Buena Vista Internacional
Género:
Thriller
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
1 de diciembre de 2006
Director:
Tony Scott
Guión:
Terry Rossio, Bill Marsilii
Música:
Harry Gregson-Williams
Fotografía:
Paul Cameron
Intérpretes:
Adam Goldberg, Bruce Greenwood, Denzel Washington, Jim Caviezel, Matt Craven, Val Kilmer, Paula Patton
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Doug Carlin, un agente de la ATF, sufre continuos dèjá vu que guían el rumbo de su investigación sobre un horrible atentado ocasionado por la explosión de una bomba en un Ferry de Nueva Orleans. Los continuos flashes en la memoria de Carlin revelan que lo que parece un producto de su imaginación, es algo mucho más poderoso, que le conduce hasta una misión en la que debe salvar cientos de vidas humanas. Su trabajo se ve condicionado por el vínculo que le une a una misteriosa mujer, desaparecida en la explosión, de la que extrañamente se enamora y que parece albergar la clave para evitar la catástrofe. Denzel Washington (Plan oculto, John Q.) protagoniza "Dèjá vu" un thriller de acción que supone la tercera colaboración del actor estadounidense con Tony Scott, hermano de Ridley Scott (Gladiator) y director de exitosas películas como "Marea roja", "Spy Game" o "El fuego de la venganza". La producción del film, una mezcla de acción, fantasía y romance, ha sido llevada a cabo por Jerry Bruckheimer, responsable de películas como "La roca" o "Piratas del Caribe". El reparto se completa con la participación de actores de la talla de Val Kilmer (Alejandro Magno, Cazadores de mentes), Paula Patton (Hitch: Especialista en ligues), Jim Caviezel (La Pasión de Cristo), Bruce Greenwood (Truman Capote) y Adam Goldberg (Cómo perder a un chico en 10 días).

Crítica

Es muy de agradecer que Tony Scott haya dejado aparcada, para variar, la parafernalia epiléptica, el bombardeo inmisericorde de fotogramas a mil por hora y, en definitiva, el carácter crecientemente videoclipero de sus aparatosos espectáculos de acción. Después del speedico vidionado de la impresentable Domino uno necesitaba reponerse con un calmante o aspirina, tal era la sobredosis de texturas y la incontenible inercia de un montaje non stop con delirios de grandeza. Déjà vu es un producto visualmente más conservador para lo que el hermanísimo de Ridley nos tiene acostumbrados. Sus artificios de otra índole, la estrictamente narrativa. Soctt no abandona la telúrica y arrolladora personalidad de su imaginería tradicional de caminos de perdición. Sigue empeñado en dinamizar el género barroquizando las formas y abanderando un manierismo visual frecuentemente empalagoso. No es el caso. Déjà vu es, en ese sentido, un ejercicio de continencia. Esta vez la adrenalina es inherente a los delirantesquiebros de un guión que apunta con maneras de thriller al uso y dispara como un circense relato de ciencia-ficción con idas y venidas del pasado al presente y alguna deuda conceptual que otra con el Minority Report de Spielberg. No es éste un producto de acción convencional, de hecho es quizá el más audaz de los tradicionales saltos de Scott a una piscina sin agua. No es una película fácil, no un festival complaciente de fuego a discreción, pero es francamente complicado seguir religiosamente el hilo argumental, y la propia lógica interna del mecanismo. El guión de Bill Marsilii y Terry Rossio es demasiado prolijo en golpes de efectos, un galimatías formidable, que difícilmente resiste el empeño de cualquier espectador dispuesto a atar cabos a toda costa. Una montaña rusa espacio temporal en la que lo fácil es desconectar abrumado por la funambulesca tralla de los giros de guión. Una cinta que exige adhesión incondicional y preguntas las mínimas, porque la cohesión narrativa de sus mil pedazos es compleja como un condenado logaritmo. Hay que reconocerle a Scott su legítima adicción al riesgo, y es que Déjà vu es un blockbuster imposible, que se salta a la torera los preconceptos industriales de una empresa de estas características. Pero no basta con saltar y saltar por muy alto que se haga. Su última película es una caja de sorpresas abusivamente caótica y tan entusiásticamente improbable que acaba por asfixiar y despertar mil escepticismos y reticencias. Eso sí, Denzel Washington se pasea con la eficiente sobriedad de costumbre. Con un tipo tan rocoso y profesional como él, uno está tentado de creerse lo que le cuente, aunque suene a chino y a enajenación mental transitoria.

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