Las elecciones del 21 de diciembre no han cerrado el proceso independentista. Alguien en la sala de máquinas de Moncloa había llegado a vaticinarlo, pero el resultado de la votación no dio la razón a esos avezados estrategas. Por tanto, el procés no ha terminado. Aunque sí ha entrado en una nueva fase. Las fichas se han movido sobre el tablero. Pasarán cosas nuevas. Habrá que remodelar las tácticas. Y, quizá, no todos los protagonistas anteriores al 21-D lo seguirán siendo de la misma forma después de la próxima sesión de investidura del nuevo presidente de la Generalitat.

Quien sí seguirá en su cargo, con seguridad, es Mariano Rajoy. Ya dejó claro el 22 de diciembre que la mayoría absoluta independentista y el desastre del PP de Cataluña no activarán el mecanismo para adelantar las elecciones generales. "Después de todo lo que está pasando en España, creo que ya lo que nos faltaba era convocar elecciones generales", se sinceró Rajoy, y con razón, ante los periodistas. Serían las terceras en dos años. A ningún partido se le ha ocurrido pedirlas. El PSOE y Podemos saben que no están en su momento de mayor fortaleza. Y Ciudadanos, que acaba de tener un éxito rotundo en Cataluña, teme no reproducirlo en el conjunto de España si los acontecimientos se precipitaran demasiado. Ahora, lo urgente es esperar. Y esa es la especialidad de Rajoy. Pero esperar no significa mantenerse inamovible.

La nueva fase del procés obliga a diseñar nuevas estrategias políticas para Cataluña y para el conjunto de España. Lo que se haga en Cataluña estará condicionado por cómo se resuelva la ecuación de la investidura. Lo que se haga en el conjunto de España ya se empieza a entrever: Moncloa intenta descatalanizar en lo posible lo que queda de legislatura. A la vista de lo ocurrido el 21-D, Rajoy necesita que el debate político español deje de ser una monografía sobre Cataluña. Y eso requiere que entren en juego otros asuntos del interés general que ocupen un espacio que ahora se consume con cada tuit de Carles Puigdemont desde Bélgica, con cada ocurrencia de Gabriel Rufián, con cada actuación judicial sobre los líderes del procés, o con los movimientos orquestales en la oscuridad de la CUP o de los Comunes.

Moncloa intenta descatalanizar en lo posible lo que queda de legislatura

El presidente del Gobierno ya ha puesto en marcha la maquinaria, aunque sea a medio gas. Se llevó a los jefes sindicales y empresariales a Moncloa para firmar allí, con gran aparato mediático, el acuerdo sobre el salario mínimo. Después viajó a Murcia para anunciar la inminente llegada del AVE. Ayer inauguró la ampliación de una carretera en Santiago, mientras se vanagloriaba de los datos de empleo. Y ya se producen, con más o menos conocimiento público, los contactos necesarios para aprobar los presupuestos generales de 2018, que es su objetivo inmediato. A Rajoy el asunto catalán no le ha funcionado. Necesita que pasen otras cosas, o provocarlas, para enderezar esta difícil legislatura.