Un volcán fantasma amenaza a El Hierro

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios.
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios.
CJP

Hace ahora 5 años, en octubre de 2011, un nuevo volcán surgió en el fondo submarino de la isla de El Hierro, la más occidental de las islas Canarias, a unos dos kilómetros de la costa del pequeño pueblo de La Restinga. Surgió pero no emergió, pues se quedó en el fondo del mar. En seis meses y después de más de 11.000 pequeños terremotos, el edificio volcánico localizado a 400 metros de profundidad fue ascendiendo poco a poco hasta que su cima quedó a 89 metros de la superficie. Demasiado profundo para poder bajar a contemplarlo.

El Instituto Hidrográfico de la Marina lo ha bautizado con el nombre de Tagoro. Es una palabra aborigen con la que los primitivos canarios denominaban amplios círculos de piedras hincadas sobre las que se sentaban y reunían en asamblea. El volcán no sólo es un gran montón de piedras con casi un kilómetro de longitud, sino que también ha servido de lugar de reunión a la comunidad científica convocada para su estudio. El nombre está por lo tanto bien buscado, pero no ha gustado a los herreños. Entre otras razones, porque una vez más no se ha contado con ellos para elegirlo.

Este fin de semana he vuelto a la isla del Meridiano para comprobar cómo se ha recuperado el mar y la población local después del desastre volcánico de hace un lustro. La conclusión que saco es agridulce: bien y mal. La riqueza marina es ahora mayor y más variada que antes de la erupción. Sin embargo, la sociedad herreña no levanta cabeza.

El volcán fantasma no se ve pero se nota mucho en la economía de la isla. Ha espantado el futuro de muchos de sus habitantes. Sus impresionantes riquezas naturales en unos paisajes espectaculares, su apuesta por el ecoturismo, sus interesantísimos centros etnográficos, su condición de Reserva de la Biosfera y primer geoparque insular de España, pero sobre todo, el maravilloso carácter de los herreños, no han sido suficientes para seguir atrayendo a un turismo diferente. A la crisis económica se unió la crisis sísmica. Y la gente ha tenido que emigrar. De los más de 11.000 habitantes de 2012 ha pasado a los tan sólo 6.800 del último censo oficial. Quizá menos. Según me confiesan mis amigos aquí, probablemente ya sólo queden unos 5.000, la mayoría funcionarios o pensionistas. Los que se han ido de forma casi generalizada son los jóvenes, el futuro. O familias enteras incapaces de aguantar más lunes al sol. Emigrantes en busca de trabajo a Tenerife, Lanzarote, Madrid, Barcelona e incluso Holanda. Donde sea. Igual que antes sus padres y abuelos lo buscaron en América. La triste historia se repite.

En La Restinga, donde empezó todo, se nota especialmente el problema. La antaño interesante oferta de restaurantes ha pasado a manos de gente de fuera, ante la incapacidad de los locales de mantenerse con las propiedades. Sólo un establecimiento se vanagloria de estar aún regentado por una familia herreña. "Los demás ya no son de aquí", me asegura el dueño entristecido.

Imaginarán que después de la explosión submarina, los hasta entonces riquísimos fondos herreños habrán quedado destrozados, sin esa riqueza piscícola que les hizo famosos entre submarinistas. Pues tampoco. En estos cinco años el volcán de El Hierro se ha convertido en un laboratorio natural para el estudio de cómo un ecosistema puede adaptarse a cambios ambientales extremos. La misma erupción que arrasó con toda la vida de la zona, es ahora fuente fertilizante de vida, responsable de una asombrosa recuperación a partir de un plancton abundante. Como me garantiza un pescador de la zona, "ahora hay unos meros más grandes que nunca".

Tal paraíso natural no estará completo mientras los herreños no tengan garantizado un futuro igual de halagüeño. Que pasa por recibir el apoyo entusiasta del resto de los españoles en forma de turistas interesados y agradecidos. Para que ni una familia más se tenga que ir de El Hierro, mientras nosotros seguimos disfrutando de su vergel.

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