Siguiendo la pista del retrete

ROSALÍA LLORET. PERIODISTA Y EXPERTA DIGITAL
Rosalía Lloret, periodista.
Rosalía Lloret, periodista.
JORGE PARÍS

Si hay una escena que se queda pegada a la retina en la icónica película Trainspotting (rescatada, cómo no, en su reciente secuela), es la que transcurre en 'el peor retrete de Escocia'. No voy a entrar en detalles porque, quien no haya visto la famosa peli de Danny Boyle sobre la generación X y las drogas, probablemente sí recuerde algún tráiler donde se atisba la delirante y escatológica aventura de Mark Renton (Ewan McGregor) para recuperar un supositorio de opio.

En un retrete, ciertamente, puede pasar casi cualquier cosa. Como indica la etimología de la propia palabra ('pequeño retiro', en catalán u occitano), el retrete es el reducto de nuestra privacidad e intimidad más absoluta desde que —ya bien entrado el siglo xix— buena parte de la sociedad occidental fue teniendo acceso a ese lujo antes reservado solo a poderosos. Pero ahora los responsables de salud pública quieren transgredir un ápice de esta intimidad para conocer algo mejor qué sustancias pasan por nuestros cuerpos y —consecuentemente— por nuestros inodoros. Y han encontrado un aliado definitivo: el teléfono móvil.

No se asuste, no se trata de que la consejería de salud vaya a hacer un seguimiento personalizado de su móvil cada vez que se lo lleva al baño. La pista de su teléfono tan solo servirá a científicos y epidemiólogos para saber que usted (como persona anónima) está en la ciudad o el barrio en ese preciso momento, y previsiblemente visitará el baño de vez en cuando. Y a partir de la medición del número de personas que coinciden en una zona concreta, junto con los niveles de determinadas sustancias (antibióticos, cocaína o algún contaminante, por ejemplo) que llegan a las aguas residuales en esa zona, se podrá estimar —al menos— cuáles son los niveles medios reales de esas sustancias en la población. Algo que permitirá, si es preciso, tomar medidas sanitarias o de calidad del agua. Especialmente teniendo en cuenta que los tratamientos de aguas residuales solo eliminan aproximadamente la mitad de los contaminantes y restos de drogas o medicamentos que les echamos, según un análisis realizado en EE UU.

Ocurre que los humanos nos movemos mucho. Y, salvo en el caso de que atravesemos fronteras, es muy difícil seguirnos el rastro. Un barrio de la ciudad puede multiplicar su población los fines de semana porque tiene varios bares, y otro barrio de oficinas puede recibir muchos más visitantes en horario laboral. Incluso eventos puntuales, como un simple festival de música, pueden disparar los niveles de cafeína y éxtasis en las aguas de la zona, como mostró un estudio científico en Taiwán. Pero los científicos y epidemiólogos no suelen tener información oficial de esos cambios de población, con lo que sus mediciones de aguas residuales pueden ser inútiles. Si de repente se aprecia una escalada notable de los niveles de cocaína en el agua, será relevante saber si ha abierto un nuevo garito de moda o si hay un repunte preocupante de la adicción entre los habitantes del barrio. Y si se disparan los niveles de antibióticos, habrá que analizar si se ha instalado una nueva empresa —llena de hipocondriacos— en la zona.

El seguimiento de los teléfonos móviles ofrece datos fidedignos y en tiempo real sobre los movimientos de la población. Y los responsables del Instituto Noruego de Investigación sobre el Agua han sido los primeros en introducir estos datos dinámicos en sus análisis. En concreto, lo hicieron los pasados junio y julio del 2016, y entre sus asombrosas conclusiones (publicadas en la revista Environmental Science & Technology) se muestra, por ejemplo, que el 5 de junio a las 9 de la mañana había 469.000 personas en Oslo, y solo el día siguiente a las 2 de la tarde, habían subido a 670.000. Una fluctuación de nada menos que el 42% de la población que obviamente invalidaría cualquier medición de sustancias en el agua por habitante. Suerte que no nos despegamos del móvil ni para…

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