El cambio tecnológico hacia una economía digital se está acelerando: nos encontramos cada vez más inmersos en una nueva estructura de relaciones productivas y de consumo, provocada por la irrupción de las nuevas tecnologías digitales como el big data, la robotización, o la computación cognitiva. Millones de puestos de trabajos son amenazados por servicios automatizados, coches sin conductor, robots y programas informáticos. Los cambios no sólo afectan a las llamadas tareas rutinarias, sino que también se adentran en aquellos empleos que necesitan de una capacidad de análisis que hasta hace poco tiempo considerábamos sólo al alcance de las mentes mejor preparadas. Millones de puestos de trabajos son amenazados por servicios automatizados

En enero de este año, el Foro Económico Mundial publicó un informe titulado El futuro del trabajo, en el que recoge el impacto de esta cuarta revolución industrial. En el mismo, los autores reflexionan sobre las características que debe tener el trabajador del futuro: creativo, con capacidad de resolver problemas complejos, acostumbrado al pensamiento crítico, con una alta inteligencia emocional y capaz de relacionarse constructivamente con otros, capaz de tomar decisiones y estar orientado al servicio. Habilidades todas ellas que intentamos, acertadamente, incorporar en nuestro sistema educativo. Para aquellos que, por edad, llegan tarde a esta transformación, se está construyendo toda una industria, que se ha trasladado desde el libro de autoayuda, hacia un nicho creciente de mercado: la autoayuda profesional. Libros, cursos, programas o conferencias que focalizan el objetivo en ayudar a ser más creativos, más productivos, más emprendedores, o más ‘empleables’. Una industria que combina ideas sobre el futuro del mercado de trabajo con la psicología conductista que inunda los estantes de las librerías.

Michael Foucault escribió en los años 70 del pasado siglo Tecnologías del yo, un pequeño libro en el que examina el proceso por el que la civilización occidental pasó del ‘conócete a ti mismo’ de Séneca al ‘vigílate a ti mismo’ del cristianismo. Estamos entrando en una nueva fase en ese camino, hacia el ‘reinvéntate ti mismo’ en función de las necesidades del mercado. Más recientemente, Richard Sennet, en La corrosión del carácter, ha descrito con gran lucidez los efectos de vivir en un mercado laboral ultraflexible, con vínculos superficiales, donde las rutinas son sustituidas por una incertidumbre permanente. La sensación constante de zozobra personal, el vaciamiento de las relaciones sociales, el miedo a ser prescindible, la desaparición de la intimidad y la paulatina conversión de nuestra individualidad en ‘nuestra propia marca’ permanentemente en competencia, dibujan un escenario en el que la concepción de nosotros mismos como trabajadores se está transformando radicalmente. El resultado es un trabajador flexible, programado conductualmente para aceptar la inseguridad como norma, sin espacio para todo lo que no sea su construcción como mercancía en un mercado ultracompetitivo. Campo abonado para el acoso laboral, la erosión del trabajo como espacio de realización personal, la supeditación del tiempo vital a los objetivos del mercado, y la desintegración de las relaciones sociales significativas en el mundo del trabajo, donde el malestar se ha terminado convirtiendo en un problema de actitud individual, trasladando la responsabilidad de la organización al trabajador. Los cambios tecnológicos van más rápidos que nuestra capacidad de adaptación y nos faltan herramientas para asumirlos

El ser humano no es perfectamente maleable. Con los años, nuestra experiencia vital, nuestra educación emocional, nuestras actitudes hacia la vida, van cristalizando en las personas que somos. Los cambios tecnológicos van más rápidos que nuestra capacidad de adaptación y nos faltan herramientas para asumirlos. No sabemos, con precisión, qué consecuencias sociales traerá este proceso. Pero sabemos que no estamos preparados para ellas.