Recientemente se ha producido una de esas noticias que a uno le reconcilian con la vida: Carla, un bebé extremeño de 5 meses con una hipoplasia de ventrículo izquierdo incompatible con su vida futura, recibía en el Hospital Infantil Gregorio Marañón, un trasplante con un corazoncito de tamaño similar al suyo. Hasta ahí, estas intervenciones no son excepcionales: cada año se hacen en el mundo unos 500 trasplantes cardiacos infantiles de los que alrededor de 100 lo son en menores de un año. Lo peculiar es que donante y receptor eran de grupos sanguíneos incompatibles entre sí, algo que implica un rechazo inmediato del órgano trasplantado salvo situaciones especiales

Y ésta era una de esas situaciones especiales de gran valor simbólico y práctico. Los recién nacidos carecen de los anticuerpos que producen ese tipo de rechazo a un órgano incompatible para los grupos sanguíneos ABO y los van desarrollando a partir de los 6 meses. Este es el periodo en que con un tratamiento previo y durante la intervención quirúrgica del recién nacido se puede realizar el trasplante incompatible sin que se produzca el rechazo.

La técnica no es nueva y hay ya algunos países que la han implementado desde su descripción inicial en Toronto. Pero si es la primera vez que se hace en España, donde me consta que se llevaba preparando desde hacía al menos 3 años y no será éste el único hospital.

La razón es muy clara: la desproporción oferta/demanda de órganos, factor limitante de los trasplantes se hace extrema entre los niños cuya salvación depende específicamente de un donante de su mismo tamaño aproximado. Ello es mandatorio en el caso del corazón y los multiviscerales pero no ocurre así con riñón o hígado donde afortunadamente pueden emplearse órganos de mayor tamaño y también de donante vivo.

Y aquí viene el problema: las donaciones infantiles en cualquier país desarrollado son mínimas y serán incluso menores en el futuro por una sencilla razón: las muertes evitables en todas las edades, pero muy especialmente en niños y jóvenes afortunadamente se evitan. España es uno de los países europeos con índices más bajos de mortalidad infantil gracias a nuestro sistema sanitario y ello hace que los donantes de órganos en estas edades sean cada vez más escasos. Si en 1992 los de menos de 15 años eran el 10 % de todos los donantes, en 2017 fueron tan solo el 1,3%, menos de 30 al año cuando a principios de siglo eran más del doble. Cuando los dividimos por edades, los números son aún mucho más reducidos, lo que hace muy complicado encontrar un donante adecuado para los niños en lista de espera, en especial para los más pequeños y de grupo sanguíneo 0, que esperan más tiempo y tienen menos posibilidades de llegar a tiempo.

El número anual de donantes cardiacos de menos de 1 año es como promedio de 6-7 para toda España con gran variabilidad dada la pequeñez de las cifras (entre 3 y 12 en la última década), pero con la gran paradoja de que un porcentaje relativamente importante de corazones pequeños no pueden utilizarse porque cuando se produce la donación no hay un receptor adecuado de ese tamaño y ese grupo sanguíneo. Y ello a pesar de que en este campo la cooperación europea funciona: los órganos sin receptor español se ofrecen a los países vecinos y viceversa, lo que mejora sensiblemente la utilización aún a costa de desplazamientos aéreos muy prolongados y costosos en ambas direcciones.

Por eso, la posibilidad de romper la barrera del grupo sanguíneo en esta franja de edad es algo que trasciende con mucho el caso de Carla para representar una esperanza para un buen número de bebés que tienen como única posibilidad de tratamiento el trasplante de un corazoncito. Una muestra más de que nuestro sistema de trasplantes no solo es romper todos los años los récords de solidaridad y organización sino también dar muestras constantes de los más altos niveles de calidad.