Uno de los problemas graves que tienen los pobres del mundo es la carencia de acceso a servicios bancarios, que muchas veces deriva de la ausencia de una dirección postal u otra forma de identificación. No disponer de un lugar físico fijo que funcione como residencia legal es un gravísimo problema, porque dificulta la identificación y con ello complica enormemente la vida de los menos favorecidos. En la India, que aún tiene en su seno centenares de millones de pobres a pesar de su vertiginoso crecimiento reciente, son muy conscientes del problema, y por ello el Estado indio ha creado Aadhaar: un sistema basado en tecnología de ‘nube’ que permite identificar a las personas con respaldo oficial por medio de datos biométricos como la huella dactilar o el patrón del iris. La biometría genera un número de identificación único de 12 cifras que sirve para identificar a la persona sin errores.

Permite identificar a las personas con respaldo oficial por medio de datos biométricos

Pero no solo ante el Estado indio, sino ante cualquiera: las empresas privadas pueden hacer uso de Aadhaar a cambio de un pequeño pago, lo cual les permite acceder a nuevas y enormes bolsas de clientes potenciales. Así en The Economist contaban cómo una reciente oferta de telefonía móvil muy ventajosa tenía dos formas de darse de alta: mediante un lento y complejo sistema burocrático, o a través de un lector de huella dactilar vía Aadhaar, en cuyo caso el acceso es instantáneo. Muchas otras empresas están haciendo uso de las posibilidades que ofrece, y creando clientes y riqueza en el proceso.

No todo son ventajas, sin embargo: los temores que genera un sistema de este tipo son muchos y muy variados. Aadhaar no confiere ciudadanía ni reemplaza a los documentos de identificación actuales, sino que los complementa; varias sentencias del Tribunal Supremo indio han determinado que su uso no puede ser obligatorio, y que entrar en el sistema no puede convertirse en precondición para recibir servicios o subvenciones estatales.

Para muchos activistas, el sistema está plagado de problemas de seguridad y de privacidad; la creación de la base de datos no ha sido acompañada de legislación que proteja la información privada o garantice los derechos de las personas sobre sus propios datos. Para finales del pasado año había ya más de 1.090 millones de números asignados, más del 85% de la población total según algunos cálculos, aunque según las cifras en algunos estados el porcentaje supera al total de la población oficial.

Semejante base de datos será una tentación casi irresistible para ‘crackers’ y malvados

Sistemas como Aadhaar han formado parte de las peores distopías de la ciencia ficción desde hace décadas: hay una desconfianza intrínseca en el hecho de que el Estado (o alguien) pueda identificar con certeza a cualquiera de sus ciudadanos incluso antes de imaginar con qué fin. Pero lo cierto es que para muchas partes de lo que antes se llamaba Segundo y Tercer Mundo la identificación puede ser un recurso revolucionario, al permitir a miles de millones de personas abrir cuentas corrientes o tener contratos con empresas de un modo sencillo y poco costoso. Incluso en los países más avanzados algo similar sería de utilidad aunque la ganancia relativa sea menor, ya que aquí sí disponemos ya de documentos e identificaciones funcionales.

La clave de si una identificación biométrica es una herramienta de tiranía o una útil adición a las posibilidades del comercio y la industria estará en su grado de voluntariedad en el uso y en la transparencia de su funcionamiento. Sin olvidar que semejante base de datos será una tentación casi irresistible para crackers, criminales y malvados de toda laya, y será responsabilidad de quien la ponga en marcha protegerla y garantizarla; algo que los gobiernos ya han demostrado que no saben hacer muy bien.