Me vine de Holanda la semana pasada con la impresión de que dejaba atrás un país muy vital, muy plural y muy entrenado en los hábitos democráticos. Las televisiones emitían debates serios de todos los políticos con todos, en un cara a cara sucesivo durante horas. No se obviaba ningún tema, no se regateaba ninguna polémica. En la cosmopolita Ámsterdam y en la muy política y señorial La Haya. Y los ciudadanos atendían a la tropa de periodistas en la calle con naturalidad. El resultado de las elecciones dejaba a la extrema derecha lejos de sus expectativas y surgía con fuerza un partido Verde capitaneado por un hijo de inmigrantes,  con los valores clásicos de los progresistas, pero adaptados al siglo XXI. Es verdad que el país en general daba un giro a la derecha y que la derecha clásica ha "comprado", como en tantos otros lugares de Europa, el discurso duro de los ultras. Uno de sus líderes se había dedicado a copiarles a los reaccionarios sus eslóganes más zafios

La sorpresa me esperaba a la vuelta. La socialdemocracia se había dado un batacazo espectacular tras una legislatura de gobierno con los conservadores… y ahora sabemos también que, por lo menos uno de sus líderes, se había dedicado a copiarles a los reaccionarios sus eslóganes más zafios y pobres. Jeroen Dijsselbloem, socialdemócrata, ministro de Finanzas holandés y presidente del Eurogrupo, no es un desconocido. Lideró el acoso a Grecia y la imposición de las medidas de austeridad más duras cuando el país heleno estaba ya en los huesos. Y después dirigió sus exigencias hacia España pidiendo recortes y recortes sobre nuestro débil estado del bienestar.

Y hoy sabemos por fin el pensamiento profundo que alimentaba tal inquina. Lo ha dicho él solito, sin error de transcripción posible: "En la crisis del euro, los países del norte han mostrado su solidaridad. Pero quien exige ayuda también tiene obligaciones. No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda". No me extraña que no le voten ni en su país. Los holandeses han huido más del discurso austericida, ofensivo y machista del señor Dijsselbloem que del miedo al extranjero que predica el líder de la extrema derecha Geert Wilders. Su partido ha pasado de 38 escaños a 9, en una catástrofe electoral  con pocos precedentes. Quizás, el del Pasok, el partido socialdemócrata griego que Dijsselbloem contribuyó a hundir con sus exigencias. Justicia poética se llama esta figura. No me extraña que a Dijsselbloem no le voten ni en su país

No hay programa Erasmus ni europeísmo militante ni proyecto monetario con individuos capaces de decir algo así. Y de reafirmarse al día siguiente. Y de disculparse con la boca pequeña cuando todo el mundo se le echó encima. No sé si cuando ustedes lean esta columna lo habrán hecho dimitir ya. Cuando ocurra, porque es impensable que no ocurra, solo le deseo que se alivie el sofocón con una copita de licor.