Uno de los episodios más convulsos y de mayor proyección simbólica de la historia contemporánea de España es la Revolución de Asturias de 1934. A partir de octubre de ese año y durante mucho tiempo, la palabra "Asturias" quedó marcada por la sangre y el terror: bastaba decir ese nombre para evocar la violencia desmedida, bien de los mineros insurrectos durante las dos semanas que duró la revolución, bien de la despiadada represión posterior, cuando el Gobierno republicano recuperó el control de la zona y las tropas del Tercio y los Regulares actuaron impune y salvajemente.

Quedan pocas personas que puedan rememorar aquella revolución

Para los izquierdistas representó la unidad de los partidos y sindicatos obreros y la posibilidad de tomar el poder y terminar con las clases sociales y sus terribles injusticias: en Asturias nació el lema "UHP" ("Unión de Hermanos Proletarios") que tanto se gritó por las calles y se pintó en las paredes de toda España durante los años sucesivos. Para las derechas, simbolizó el caos social, la violencia y el aborrecimiento de Dios. El arzobispo de Burgos resumió la revolución con estas palabras: "Hogares asaltados, escuelas destruidas, imágenes profanadas y templos incendiados, gentes enloquecidas de pavor, tribunales revolucionarios formados por asesinos, fusilamientos cobardes y numerosos".

1934 está cada vez más lejos y quedan pocas personas que puedan rememorar aquella revolución en primera persona. Hoy, lógicamente, el relato predominante de aquella época no es el autobiográfico. Ya no se cuenta desde un yo testimonial ("Yo estuve allí, yo participé, yo lo sufrí"), sino que se hace en tercera persona o desde un yo narrativo ficticio. Aquel octubre revolucionario empieza a pertenecer plenamente a los historiadores, a los artistas (que lo recrean en obras cinematográficas, literarias o de otro tipo) y, en fin, al imaginario colectivo, con sus malentendidos, mitos y simplificaciones. Y lo mismo sucede con la casi inmediata Guerra Civil de 1936, de la que fue sangriento prólogo.

Algunos dibujantes nacidos en los años 80 (y, por tanto, nietos o biznietos de quienes vivieron aquellos momentos históricos) están publicando su versión plástica de aquellos años, con resultados excelentes porque son visiones informadas, nada maniqueas y espléndidamente ilustradas (en la línea de autores más veteranos, como Paco Roca). Por ejemplo, José Pablo García (Málaga, 1982) ha puesto en imagen distintas obras del historiador Paul Preston, como La Guerra Civil española (Debate, 2016) y La muerte de Guernica (Debate, 2017), o Miguel Navia (Madrid, 1980), que está publicando en distintos medios unas láminas inspiradas en textos de Felipe Hernández Cava.

Es un verdadero episodio nacional dibujado y una obra maestra de la historieta

De la Revolución de Asturias se está ocupando Alfonso Zapico, un guionista e ilustrador nacido en las Cuencas Mineras (en Blimea, en el valle del Nalón, en 1981). Su obra se titula La balada del norte y está concebida como una trilogía. La primera entrega se publicó en 2015 y ahora mismo la editorial Astiberri acaba de sacar el segundo tomo, impreso en un matizadísimo blanco y negro (como pintado con carbón de los valles mineros), en el que se describen esas dos semanas de fuego de 1934.

Zapico entrelaza magistralmente la historia íntima de unos personajes ficticios (muy bien concebidos, encantadores, llenos de humor) con el terrible fresco histórico de la época, un poco a la manera de los grandes novelistas del XIX (Hugo, Tolstói, Zola, Galdós) o, en el XX, Barea o Grossman. La comprensión de las razones de los personajes no le impide mostrar la brutalidad de sus acciones. El trazo de Zapico es certero, limpio, muy expresivo. Todo está dispuesto para que domine la fluidez narrativa y la claridad. Es una obra que quiere iluminar el pasado y mostrarlo con cercanía, como algo vivo.

A Galdós le habría encantado leer La balada del norte. Es un verdadero episodio nacional dibujado y una obra maestra de la historieta española.