Qué fascinación tan grande ejercen las historias de terror cuando están bien contadas, sobre todo si somos niños y tenemos gustos decididamente románticos (las noches borrascosas, las montañas abruptas, los árboles retorcidos, las ruinas góticas, los cementerios, el viento ululante…).

Nuestra voz interior siempre es más persuasiva que la ajena

Recuerdo los fuegos de campamento de mi infancia. La escena era así: los niños, en corro en torno a una fogata, con las pañoletas de boy scouts al cuello, todos con pantalones cortos, las rodillas sucias, abrigados con jerséis bastos, el cielo estrellado sobre nuestras cabezas, un bosque fragante de pinos a nuestro alrededor (los olores también pueden dar miedo: leí al antropólogo Louis-Vincent Thomas que las reses se asustan en el matadero por el olor de la sangre y no por la vista de los cadáveres). Un monitor de voz bien timbrada contaba despaciosa, solemnemente, una historia en la que se sucedían los crímenes, los misterios o las apariciones fantasmales.

Aquellos cuentos parecían nacer en sus labios, como si los improvisara. Luego, cuando en el colegio nos mandaron leer las leyendas de Bécquer, descubrí que allí estaba la fuente de aquellos relatos que tanto nos inquietaban durante las noches de verano (ay, doliente y querido Bécquer, con cuánto provecho te han copiado: tus versos servían para enamorar y tus prosas para asustarnos, sin que nadie pronunciara tu nombre, como si tus palabras procedieran de la memoria remota de la humanidad).

En aquellas lecturas escolares también me di cuenta de que esos cuentos me daban más miedo cuando los leía a solas en mi casa que cuando me los recitaban en mitad del monte. Nuestra voz interior siempre es más persuasiva que la ajena. El que más me estremecía era El Monte de las Ánimas. Solo recordar el título me produce, todavía hoy, un pinchazo de emoción.

Saber a qué historias somos sensibles dice mucho de nosotros. En la novela Vida y destino, de Vasili Grossman, el personaje de Víktor Shtrum es incapaz de simpatizar con nadie a quien no le guste la literatura de Chéjov (fue su madre quien le transmitió el amor por este autor; ella, judía, se llevó un librito con sus cuentos cuando la recluyeron en un campo de concentración). Si vibramos con un texto, es porque participamos de sus valores, y los de Chéjov están llenos de humanidad, humor y piedad. Igualmente, si algo nos asusta hondamente, es también porque toca una fibra sensible de nuestra alma.

Si algo nos asusta hondamente, es también porque toca una fibra sensible de nuestra alma

He pensado en ello al hilo de la lectura de una antología de Edgar Allan Poe seleccionada por Luis Alberto de Cuenca y titulada Diez cuentos de terror, recién publicada por la editorial Reino de Cordelia, con traducción de Susana Carral y unas maravillosas ilustraciones de María Espejo. Poe era otro de esos autores a los que se evocaba (también sin citarlo) en los fuegos de campamento. La muerte, la enfermedad y la locura son algunos de los mimbres principales con los que trenza sus historias de terror (por supuesto, su obra es más amplia y abarca registros muy diferentes). María Espejo lo plasma todo con una delicada belleza espantosa (parece imposible encadenar estas tres palabras).

En el prólogo, De Cuenca afirma que "leer a Poe es una de las operaciones espirituales más intensas y sobrecogedoras que existen", y compara su fantasía morbosa, onírica y exaltada a la de algunos artistas de otras disciplinas, como el pintor Böcklin o el poeta Baudelaire, entre otros. También dice no recordar un músico con un mundo imaginativo equiparable. Yo pienso en Berlioz, quien compuso su Sinfonía fantástica en las mismas fechas en las que el norteamericano redactaba su obra, animado por un mismo espíritu romántico.

Estos diez cuentos de Poe seleccionados por De Cuenca son diez obras maestras de la literatura. No se pueden leer mejor editados, traducidos e ilustrados que en este extraordinario libro que huele a tinta fresca (y a opio, y a sangre).