Algunos analistas han dado vueltas estos días al hecho de que los casos de corrupción no pasen factura respecto al apoyo electoral que tienen partidos que han ocupado portadas de periódicos, un día sí y otro también, por escándalos en el ejercicio de las responsabilidades de gobierno. Hay opiniones diversas –todas apoyadas en datos- sobre si esto es cierto totalmente, si lo es con matices o si no lo es en absoluto. No soy tan osada como para pretender saber más que quienes son expertos en dar vueltas y más vueltas a los resultados electorales, incluso antes de que estos se produzcan. Pero, alguna opinión tengo.

Repetir que todos tienen sus barros, minimiza la responsabilidad No comparto la idea, cada vez más extendida, de que una buena parte de nuestros conciudadanos carece de valores éticos ni morales y que, por lo tanto, no sólo no ven mal que algunos roben, trampeen, estafen... sino que ellos mismos lo harían si pudieran. Para mucha gente eso es básicamente lo que explicaría que tengan apoyos mayoritarios partidos y personas que, no sólo son sospechosos de hacer trapacerías, sino que se ha acreditado en forma de condena que las han hecho. Yo creo, sin embargo, que la inmensa mayoría de las personas tienen valores y principios que les hacen distinguir perfectamente lo que está bien de lo que está mal.

En mi opinión hay varios elementos que confluyen para que el castigo a la corrupción y a quienes la practican no sea tan contundente como a muchos nos gustaría. En primer lugar, la percepción de que todos los partidos, de una u otra manera, caen en prácticas irregulares. Muchas personas consideran ya que eso es algo consustancial al poder y al ejercicio del mismo. A esta impresión contribuye la estrategia del ventilador (que pone en marcha el afectado para que la porquería salpique a todos), de la que hemos tenido buena ración en casi todos los debates, en los que se han cruzado casos y reproches de los que ningún partido se ha librado. Ración multiplicada en las redes sociales, y también en algunos medios de comunicación, que se han sumado con entusiasmo a esa cruzada, multiplicando la relevancia de las acusaciones o reproches al competidor que menos les gustaba.

Como dijo Concepción Arenal, cuando la culpa es de todos, no es de nadieParece evidente que no todos los partidos desarrollan las mismas prácticas, ni han sido y son igual de contundentes frente a los casos de corrupción, ni los casos tienen la misma trascendencia... Pero, repetir una y otra vez que todos tienen sus barros, minimiza la responsabilidad de quien es protagonista de la mayoría de los casos sin haber hecho todavía un ajuste de cuentas respecto de ellos (por si no queda claro, me refiero al PP). Como dijo Concepción Arenal, cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.

El abundamiento en la tesis anterior, produce una conclusión aparentemente lógica: dado que el poder y el ansia de poder lleva a todos a corromperse, esta cuestión no puede ser lo más relevante a la hora de determinar nuestro voto. Somos libres moralmente para optar por los que consideramos más nuestros porque, en ese punto, no difieren de los demás.

Reconozco que esta es una estrategia que ha funcionado. Que permite, además, jactarse de los apoyos recibidos a pesar de todo (si a uno le ha ido bien) o echarle la culpa al ciudadano de no tener valores (si le ha ido mal). Pero debilita extraordinariamente la credibilidad del sistema, la confianza en quienes deben gobernar las cosas de todos, la consideración de la decencia política como un requisito indispensable.

Es también una forma de corromper nuestra democracia.