Menuda racha llevamos. Terminamos 2017 con un niño de tres años que ha perdido las orejas por el ataque de un bull terrier y lo arrancamos con un bebé y su abuela heridos de gravedad por dos rottweiler y un anciano fallecido por las mordeduras de varios perros, tal vez asilvestrados, que la Guardia Civil está aún buscando.

No suele haber tanta concentración de sucesos con mordiscos, pero son noticias que suceden con relativa frecuencia. Y no puede ser. Es inevitable que se produzcan accidentes en los que no es posible buscar culpables, pero en demasiadas ocasiones eran dramas evitables.

Todos los que tenemos perro deberíamos ser muy conscientes de las responsabilidades que implica poseer uno de estos animales. Responsabilidad hacia el animal, con cuyo bienestar debemos comprometernos; responsabilidad con los demás, humanos y cuadrúpedos, con los que nos cruzamos. Da igual la raza o que sean grandes o pequeños, porque todos tienen dientes y pueden hacer daño. Y si no se está dispuesto a asumir el coste en tiempo, esfuerzo y dinero que esas responsabilidades implican, mejor no tener perro, que no hay obligación ninguna.

Todos los que tenemos perro deberíamos ser muy conscientes de las responsabilidades que implica 

No deberíamos soltarlos en los lugares en los que no está permitido, por mucho que nos fastidie no contar con suficientes lugares de esparcimiento canino. No deberíamos soltarlos nunca si no tenemos del todo claro que su comportamiento será ejemplar con cualquier persona y con otros perros.

Tenerlos bien educados y entender su naturaleza es otra obligación.

El seguro de responsabilidad civil, que solo es obligatorio en algunas razas, deberíamos contratarlo todos.

Por supuesto, ante cualquier potencial conducta agresiva hay que tomar medidas en forma de bozales, correas cortas y sobre todo etólogos (especialistas en conducta animal) que corrijan esos comportamientos. Cruzarse de brazos no es una opción.

Aunque si leéis con atención estas noticias tal vez os hayáis dado cuenta, igual que yo, que muchos provienen de perros usados como alarmas o vigilantes de seguridad en chalés, naves y fincas, cuando esa nunca debería ser la función de un animal. También de perros abandonados o semiabandonados que campan a su aire, con frecuencia en entornos rurales.

La verdad es que pocos sucesos protagonizan los perros teniendo en cuenta lo mal que los tratamos en este país. Pero menos aún tendrían que ser.

Por un 2018 lleno de largos paseos seguros para todos,

Melisa Tuya.