En principio jamás invitaría a cenar a casa a un jugador de fútbol profesional, aunque, pensándolo mejor, sería igual de imprudente convidar a un fanático del balompié, se trate tanto de un partisano de barra brava como de un extremista camuflado tras un carnet de periodista. Unos y otros son serviles, chulos y maleducados. Viven de traficar con la idolatría, una toxina muy mal vista en lo social, pero admisible sobre la hierba entendida como campo de exterminio. Con las excepciones de rigor –que en los estadios son pocas–, lo futbolero implica vivir según el código de los zopencos. Si preguntan ustedes al aforo completo del Bernabéu, el Camp Nou o La Condomina por el género de la obra La Regenta, la respuesta más citada será que se trata de una película de cine porno.

Ajeno a lucirse como el millonario que es, sin automóviles de pieza única, ni ropa de marca, es decir, infrecuente y raro, el mediapunta español Juan Mata, que este abril cumple 30 años, acaba de ser nombrado futbolista del año por el diario inglés The Guardian. No es la única justificación del galardón el juego alegre que practica en el Manchester United, a cuyo plantel pertenece por cuarta temporada (antes jugó en el Chelsea, el Valencia y brevemente en el Castilla, que no lo promovió al club matriz, el Real Madrid, quizá porque la gerencia merengue mide la calidad publicitaria antes que la técnica o el genio). Mata es el futbolista del año por ser buena persona. El fútbol debe hacer frente a su "responsabilidad social" y "mejorar la vida de las personas"

¿Qué valores aduce el periódico para conceder el premio a un español en una tierra tan petulante como la inglesa? A mediados de 2017, el jugador de diabólica inteligencia y remates que solo pueden describirse como arabescos caligráficos o trucos de magia, firmó una declaración que pocos compañeros de su oficio comparten. El fútbol debe hacer frente a su "responsabilidad social" y "mejorar la vida de las personas", dijo Mata en la presentación de Common Goal, una organización que invita a las estrellas planetarias del balón a ceder el uno por cien de sus ingresos a causas sociales, benéficas o filantrópicas. El español –el primer internacional de la selección nacional en mostrarse solidario con los desheredados– ha extendido la voz en los vestuarios de la Premier y ya hay media docena de ídolos alineados con la iniciativa.

La invitación de Mata a compartir un escueto bocado de los estrafalarios sueldos de los privilegiados (el uno por cien de las ganancias anuales oficiales de Cristiano Ronaldo alcanzaría los 1,5 millones de euros, y el de Messi, 1,33...), admirados como superhéroes por mil millones de personas en el planeta, pretende financiar la organización en todo el mundo, el rico y el miserable, de partidos reglados por la alegría y no por una competencia casi bélica (no hay árbitro, sino un mediador que discute con ambos bandos las decisiones polémicas); por la igualdad y no por el machismo (chicos y chicas juegan juntos), por la buena educación y la palabra y no por la grosería y las zancadillas (tras el partido, todos los implicados exponen conclusiones y puntúan el rendimiento de los rivales).

El paradigma de futbolista solidario que encarna Mata sirve para poner en su lugar de grandes jugadores pero farsantes seres humanos a los excepcionales muchachos y hombres que han convertido al equipo nacional de España en un grupo de ciudadanos sin interés por sus iguales sometidos a la miseria, la injusticia y otros desmanes consentidos por el aparato del Estado. Al aceptar el galardón, Juan Mata declaró: "El fútbol es incomparable, quizá solo la música tiene tanto poder de transformación social". A partir de ahora celebraré sus movimientos hechiceros en el campo como himnos de insurgencia contra los poderosos y canciones de fidelidad hacia los normales.