Al preso Gonzalo Montoya Jiménez, de 29 años, le certificaron la muerte tres médicos cuando lo encontraron sentado en la silla de su celda y con la piel de color azul. Al parecer la víspera, día de Reyes, se había tomado un bote de pastillas para suicidarse. Tenía episodios de epilepsia y había intentado quitarse la vida alguna vez. Pesaba sobre él una condena de tres años y tenía cinco hijos. Certificaron su muerte, lo metieron en una bolsa, subieron la cremallera y lo trasladaron al depósito de cadáveres del Instituto de Medicina Legal de Oviedo.

Al día siguiente sacaron el cuerpo de Gonzalo Montoya Jiménez de la nevera y lo depositaron, con su funda, en la camilla para hacerle la preceptiva autopsia. Entonces oyeron unos ronquidos, abrieron el sudario y el joven ladrón de chatarra les pidió un cigarro. Luego lo llevaron al hospital, donde se recupera de la sobredosis, del resfriado de la cámara frigorífica y del susto.

En la insuperable Simón del desierto (Luis Buñuel, 1965) el estilista le hace crecer las manos a un hombre al que se las habían cortado por robar: lo primero que hace el agraciado por el milagro –tras decirle a su mujer "vámonos a casa, que necesito entrecavar la huerta"– es pegarle un sopapo a su hija.

Los milagros, como son inverosímiles, no se valoran. El que resucita, lo primero que hace es pedir un cigarro. Esto es lógico porque lo peor de la muerte, si es que existe, es no poder fumar.

Los milagros, como son inverosímiles, no se valoran

Médicos y expertos explican los motivos por los que una persona parece muerta y quizá no lo está. En nuestro mundo, tan racional y científico como supersticioso y homeopático, la única hipótesis que resulta intolerable en estos casos, como en el del joven Montoya, es la resurrección. Ni siquiera en el día siguiente de Reyes, en el que empieza, para la Iglesia, el tiempo ordinario.

Sin embargo los médicos certificaron su muerte. Y lo metieron en la bolsa correspondiente. Y le trazaron por el pecho las líneas de la autopsia. Y pasó unas horas en el frigorífico. El milagro, de puro evidente, es imposible. Lo único que certifica la resurrección es que Gonzalo Montoya Jiménez, al despertar, pidió un cigarro.

Estos días asistimos al desfile de espectros del pasado: Rato y Solbes, entre los algodones del Congreso, parecían asistir a sus respectivos juicios finales. Entre el barullo mundial, la espera de la autopsia terrible y la agitación de un régimen que se cimbrea pero aún no peligra, hemos tenido un resucitado como regalo de Reyes y ni los curas se han dado cuenta.

Cuando el suicidio es la primera causa de muerte no violenta y las cárceles están llenas de ladrones de chatarra, hay que considerar el ronquido providencial de Montoya como una señal. Descartemos el milagro, pero...