¿Quién no tiene un mantero cerca? No hay rincón urbano mínimamente concurrido donde no haya alguno con su mercancía por los suelos. En general, es difícil que te provoquen rechazo. Suelen ser amables, solícitos y dispuestos a remover su manta con tal de satisfacer lo que les pidan. Su paciencia tiende casi siempre al infinito porque muchos clientes se acercan a ellos con un punto insoportable de hipocresía o falsa caridad.

Conozco a un senegalés llamado Mayú, cuya peripecia personal daría para escribir un libro, como la mayoría de sus compañeros de manta. Es educado, simpático y va impecablemente vestido y aseado. Mayú habla correctamente el castellano, un perfecto francés y se defiende en inglés. ¡Cuántas empresas quisieran cubrir su plantilla de empleados con esos modales y esa actitud para tratar al público!

Se lo digo y siempre me recuerda resignado que no tiene papeles. Nunca le compro nada pero le he invitado, en ocasiones, a tomar algo y no me he sentido capaz de reprocharle su forma de ganarse la vida. Resulta impúdico juzgar a la gente sin contemplar sus circunstancias, y las que han conducido a la inmensa mayoría de los manteros a huir de sus países son terribles. Cómo recriminar a alguien por hacer lo que probablemente hubiéramos hecho muchos de nosotros en su misma situación. Nada de esto puede hacernos olvidar que la suya es una actividad doblemente ilegal, porque venden sin los permisos y tasas que pagan los ambulantes y porque lo que venden son productos fraudulentos.

Ellos son las terminales más expuestas de un gigantesco negocio clandestino que genera casi el doble de dinero negro que la droga a nivel internacional. Son escudos humanos de unas mafias que provocan pérdidas millonarias en dinero y puestos de trabajo en todo el mundo y que se enriquecen sin pagar impuestos ni hacer contribución alguna al bienestar social. Ésta es la cruda realidad y sustraerse a ella resulta estúpido o demagógico. Los vecinos de Lavapiés que presenciaron la escena trágica de la semana pasada aseguran que al mantero muerto había sido atendido por la Policía municipal.

A pesar de ello, hubo incidentes agitados por elementos antisistema, que vuelven a la carga en cuanto pueden, y voces desde el propio Ayuntamiento de Madrid cuestionando la acción de la Policía municipal. Cuando los agentes locales levantan a los manteros no ha hacen sino cumplir con su obligación que no puede ser otra que la de evitar la venta ilegal e impedir que nuestras calles se conviertan en un inmenso zoco. España no puede ser el país de la vista gorda y lamentablemente así se nos considera por ahí fuera.

Hay que ir a por quienes están forrándose con esta actividad y dar alguna salida legal que permita a los de la manta ganarse la vida de otra manera. Mi amigo Mayú trabajaría encantado en cualquier almacén, hotel o restaurante. Estoy seguro que lo haría bien, pagaría sus impuestos y no tendría que correr delante de los guardias. Hay que tirar de la manta pero no dejar tirados a los manteros.