El viernes pasado, en una sala de la Comisión Europea, una mujer francesa, profundamente emocionada —como quienes escuchábamos— relató diez años de pelea infatigable para conseguir que las instituciones de su país rindieran un homenaje público, por primera vez, a las víctimas del atentado que ocurrió en Arabia Saudí y truncó su destino. Allí perdió a su esposo y a su hijito en un atentado en el que ella consiguió sobrevivir. No creo que podamos imaginar la magnitud de los días y noches que lleva soportando desde entonces. El nuevo Presidente de la República entendió el terrible error del conjunto de las instituciones y, tras el reconocimiento, la mujer podrá elaborar, espero, por fin, el duelo.

Otra mujer relató el calvario burocrático para intentar realizar el seguimiento judicial tras un atentado mucho más reciente en el que fue asesinado su hermano en territorio europeo, pero no en su país. No es el único caso. Los familiares de un superviviente que estuvo al borde de la muerte consiguieron la siguiente respuesta de la embajada sueca, según contaron: que se dirigieran a su seguro y que si necesitaban un coche para ir al aeropuerto, que llamasen. No se les olvidarán esas frases. No se olvida la sensibilidad humana recibida cuando la devastación nos desampara. Ni lo contrario.

No fueron los únicos testimonios en aquella sesión convocada por la Comisión Europea. Tras el atentado de los trenes de Madrid, el más letal de cuantos ha sufrido nuestro territorio, hace catorce años, se decidió que el 11 de marzo se convertiría en el Día de la memoria a las víctimas del terrorismo europeo. Desde entonces se han sumado voces y experiencias y el hermanamiento entre personas que podemos comunicarnos con la mirada, con los gestos, con el corazón. Una parte de esa capacidad de entender y ayudar la necesitamos en el conjunto de las instituciones a lo largo y ancho de la Unión Europea.

Y esa sensibilización necesaria avanza mucho más lentamente. La amenaza es global, pero la competencia de su atención es nacional.  Y ahí, cuesta que los países entiendan que es necesario que los protocolos de atención no dejen a nadie atrás, que sean inmediatos y que, especialmente fuera de cada territorio, supongan la primera mano amiga, humana, sensible al terrible sufrimiento.

El terrorismo es un tipo de delito en el que se mata a algunos para atemorizar a todos. De hecho, se cosifica al ser humano para convertirlo en el instrumento de una propaganda escrita con sangre. Los asesinos, egocéntricos, proclaman su perspectiva que se reduce a "piensa como yo o muere". Y por eso el daño es privado, pero también es comunitario. Y por eso el duelo debe ser acompañado por la comunidad para que los supervivientes, los familiares de los asesinados o sus otros seres queridos no queden encapsulados. No maltratarles, no herirles más, es necesario porque la restitución del sentido es muy complicada en este tipo de atrocidad.

En el territorio europeo, la atención e información desde el primer momento es esencial. El acompañamiento práctico y humano también lo es. Y el recuerdo, también, más allá del día que abren el informativo. Hay que recordar que, en los actos de recuerdo se debe recordar el punto de equilibrio entre los políticos —controlando la codicia de fotos— y los verdaderos protagonistas.

Pues bien, repito que la mayoría de los países europeos no han previsto la necesidad de protocolos consulares, de información adecuada y de asistencia inmediata. Por eso el año pasado elaboramos en nuestra humilde oficina parlamentaria el primer estudio integral sobre la victimación terrorista en Europa, para mostrar la cruda realidad. Y por eso lo hemos actualizado este año, para intentar evitar en el futuro la brutalidad del dolor secundario provocado por la desidia, la pereza o el desconocimiento. Este es nuestro abrazo real.