Hay tres cosas que siempre hemos hecho: vender y comprar objetos de segunda mano, compartir trayectos en coche con amigos y alojarnos en casa de familiares al viajar a otra ciudad. La tecnología facilita las transacciones y permite escalar la confianza, pasando del pequeño círculo y lo esporádico a lo masivo y frecuente; es decir, acabamos incorporando el consumo colaborativo como un hábito.

Muchos se preguntan aún si es seguro o si cumple las expectativas frente al servicio tradicional. Los estudios nos dicen claramente que sí, sobre todo en los tres casos citados, los que más crecen y donde el nivel de satisfacción es más alto ya que:

La era colaborativa y digital nos descubre un nuevo sistema de  trabajo y producción

- Cumplen la expectativa de precio, suponen un ahorro, o no son más caros que los servicios tradicionales.
- Pueden personalizarse, son flexibles y se adaptan a cada deseo, frente a la estandarización tradicional.
- Responden a las nuevas necesidades sociales y vitales, apoyándose en la idea de que se consume de forma más inteligente y eficiente al compartir los recursos.

El consumo colaborativo, en su amplitud y diversidad, es un gran cambio en la manera en que producimos y, por lo tanto, un cambio también en la manera en la que trabajamos. Y como todo cambio genera polémica, si no está siendo fácil encajar la legislación actual que tiene su origen a finales del siglo XIX y en un contexto industrial, tampoco será fácil encajar el sistema de trabajo y de producción que nos descubre la era digital y colaborativa.