Tabarnia es el concepto político de estas navidades: un contínuo del área metropolitana de Barcelona, que recorriendo la costa hacia el sur, engloba a buena parte de la provincia y llega hasta Tarragona. Según sus impulsores, Tabarnia supone la mayoría de la población de Cataluña y es donde se genera la mayoría de su producción económica. Y es una zona mayoritariamente contraria a la independencia de la Cataluña, que, siempre según sus difusores, ganaría separándose de la Cataluña interior y convirtiéndose en una nueva comunidad autónoma.

Desde la ocurrencia, mucho se ha escrito en los medios de comunicación sobre ello, incluyendo referencias a las Tabarnias realmente existentes, como Bruselas, que se separó de Flandes. Pero, ampliando el foco, las Tabarnias del mundo son muchas: de hecho, las grandes ciudades del planeta, las metrópolis, llevan años independizándose de sus territorios colindantes: avanzamos a un mundo donde las ciudades-estado vuelven a tener sentido, donde las redes de grandes ciudades se coordinan y encuentran espacios de cooperación más allá de los intereses de los estados en los que se han desarrollado. Así, aparecen coaliciones como el G40, donde las grandes ciudades del mundo se ponen de acuerdo para luchar contra el cambio climático. Madrid y París iniciaron recientemente una colaboración específica sobre el papel de las ciudades en la promoción de la paz. Los ejemplos se multiplican: la nueva economía global es fundamentalmente una economía urbana, liderada por grandes conurbaciones, que tienen las herramientas, el presupuesto y el potencial de generar cambios efectivos en la calidad de vida de las personas. Las ciudades son cada vez más sujetos de la economía global, atrayendo inversiones, promoviendo la innovación y el intercambio de ideas, construyendo sus propios puentes internacionales. Vivimos, sin duda, un resurgimiento de las ciudades como actor internacional.

Pero este resurgimiendo de las ciudades tiene su envés, y es la desconexión de las ciudades del territorio en el que desenvuelven su devenir. La relación urbano-rural está basculando hacia las ciudades, tanto por peso demográfico como por potencial económico. Y dentro de estas relaciones, las grandes ciudades empiezan a desconectarse de su propio contexto, dejando de lado a las poblaciones medianas y pequeñas. Esta separación entre unas y otras es una amenaza a la cohesión territorial de primera magnitud: en España, Madrid y Barcelona acumulan la mayoría de las empresas cotizadas, la mayorías de las inversiones en startups, la mayoría de la inversión tecnológica o en innovación. El resto del territorio, como bien relató Sergio del Molino en "La España Vacía", se está convirtiendo en un territorio desconectado de la realidad global y, de alguna manera, de su propio país. Cualquiera que vea un mapa de Europa de noche se dará cuenta de hasta qué punto la desigualdad del territorio es real.

La separación urbano-rural amenaza a la cohesión territorial de primera magnitud

La Unión Europea, y su política de cohesión, llevan decenios intentando equilibrar el desarrollo territorial de la Unión Europea, con resultados positivos pero insuficientes. Mientras este reequilibrio se intenta promover a través de infraestructuras, inversión en formación y cualificación, o en innovación y desarrollo tecnológico, las grandes urbes del contienente empiezan a jugar en otra división, avanzando hacia una red jerarquizada donde el cosmopolitismo y la apertura son la norma. No es un fenómeno únicamente europeo: en Estados Unidos, las dos costas y los lagos concentran la mayor parte del dinamismo del país. Si la desigualdad territorial persiste, y no apostamos por una vertebración equilibrada del territorio, la desconexión de las grandes ciudades supondrá un reto democrático que, como hemos visto, puede convertirse en un grave problema para nuestras economía y sociedades.