Cataluña: no es la economía

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Se multiplican los análisis vaticinando la hecatombe económica de Cataluña, mientras otros prometen un país de prosperidad y libertad sin límites, una Arcadia. Pero faltan reflexiones serenas sobre los efectos de una declaración unilateral de independencia. Intentaremos establecer algunos de ellos.

En primer lugar, examinemos el comercio: Cataluña es una economía abierta, exportadora por vocación. Su mercado principal es el resto del Estado: Cataluña vende a España alrededor del 40% de sus ventas exteriores, a las cuales habría que sumar el 40% de sus ventas a la Unión Europea. Es decir, el 80% de sus ventas al exterior las realiza en el marco de su participación en el Mercado Único. La independencia supondría la imposición de la tarifa aduanera común, e, indudablemente, las exportaciones de Cataluña experimentarían dificultades. El sector exportador en Cataluña representa un 25% de su economía, sin tener en cuenta las ventas al resto del Estado, que representan otro 22%. Es poco probable que se produzca un derrumbe catastrófico, pero lo cierto es que el efecto frontera será pernicioso.

En términos monetarios, y financieros, y si atendemos a la voluntad expresa de permanecer en el euro, las entidades financieras catalanas no estarán sometidas al régimen de vigilancia y apoyo del Banco Central Europeo, ya que formalmente Cataluña no será parte de la Unión Europea. Se situará, por lo tanto, a sí misma en la situación que tienen otros países que utilizan el euro, como Mónaco o San Marino. Bancos de alcance estatal como Sabadell y Caixabank tendrán que modificar su ficha bancaria en el Banco de España para poder actuar en la eurozona. Cabe además recordar que las bolsas de Barcelona y Madrid están unificadas, y que grandes compañías catalanas, como Gas Natural, cotizan en Madrid.

La situación fiscal de Cataluña es más controvertida. Los famosos 16.000 millones del soberanismo no tienen en cuenta elementos que, si bien no son territorializables en Cataluña, son necesarios para tener un estado moderno. Josep Borrell reduce el saldo fiscal negativo a 800 millones de euros y el Ministerio de Hacienda a 600, esto es, un 0,06% del PIB de España y un 0,31% del PIB Catalán. Una cifra relativamente ridícula. A la situación fiscal cabe añadir el problema de la liquidez: Cataluña es la comunidad autónoma que más fondos ha solicitado al Fondo de Liquidez Autonómica desde su creación en 2012, consumiendo un 30% de sus recursos. Es probable que pudieran equilibrar las cuentas, pero sin duda tendrían problemas de liquidez en el plazo más inmediato desde la desconexión con el resto de España.

Cualquier independentista podría decir: "Claro que inicialmente el impacto será negativo, pero a largo plazo Cataluña será una nación más rica y prospera". Para ello cabe preguntarse por los determinantes del crecimiento a largo plazo: según el barómetro regional de competitividad de la Unión Europea, Cataluña se sitúa por debajo de la media de la Unión Europea y por detrás de comunidades autónomas como Madrid, el País Vasco o Navarra. En materia de innovación, Cataluña se sitúa también lejos de los líderes la Unión Europea, con un índice de innovación no muy superior al de Madrid, Valencia, Aragón o Navarra. En materia de calidad institucional y buen gobierno, Cataluña puntúa por debajo de la Unión Europea y por debajo de la media de España, de acuerdo con los estudios de la Universidad de Goteburgo. Ninguno de estos indicadores permite augurar un futuro más brillante para Cataluña del que tendrían manteniéndose como parte de España.

En conclusión: atendiendo al negativo impacto económico inicial y al incierto resultado a largo plazo, es difícil que la independencia unilateral compense. Pero esto ya no es una cuestión de dinero.

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