¿Es usted una persona altamente cualificada que sobrevive como autónomo? ¿Le llaman para participar en proyectos pero nunca le ofrecen un puesto de trabajo permanente? ¿Se ve agobiado por plazos de entrega coincidentes y tiene que coger todo el trabajo que le llegue porque no sabe si tendrá encargos dentro de seis meses? Si es así, bienvenido. Es usted un knowmad.

John Moravec hizo fortuna hace unos años al acuñar el acrónimo knowmad, que en castellano vendría a significar "nómada del conocimiento": profesionales altamente cualificados de la economía del conocimiento y la creatividad que viven su experiencia laboral saltando de proyecto en proyecto, generando valor añadido, y viviendo una vida plena y llena de experiencias laborales enriquecedoras. Todo un sueño en la era de la flexibilidad, aderezado con un puesto en un coworking y alguna participación en los numerosos eventos TED organizados por la geografía mundial.

Una portada idílica que viene acompañada de una forma de vida sana, joven y gratificante. La realidad que hay detrás quizá no lo es tanto. En España, el empleo freelance cualificado correspondiente a profesionales científicos o intelectuales se ha incrementado, entre 2011 y 2016, en cerca de 100.000 personas, pasando de 377.000 a 474.000, de las cuales un 40% son mujeres. Esta cifra supone un 15% del total de trabajadores autoempleados. Sin embargo, nada –o muy poco– sabemos de sus condiciones sociales o profesionales.

La mayoría de los estudios sobre los trabajadores autónomos no realizan distinción por niveles de cualificación, por lo que la problemática de su situación profesional queda diluida en el conjunto de la población sujeta a ese régimen particular. Y sin embargo, el trabajador cualificado freelance se encuentra sometido a numerosas especificidades que deben ser analizadas en detalle, máxime si tenemos en cuenta que esta figura profesional está en aumento y previsiblemente será cada día más habitual.

Richard Senneth, un prestigioso sociólogo de la London School of Economics, ha analizado en numerosas obras el significado de la fragmentación del trabajo y del capital social fruto de la flexibilización de los modos de producción. A su juicio, la flexibilización de las condiciones de producción afecta a la seguridad psicológica de los trabajadores, a sus relaciones con sus compañeros y a su propia perspectiva sobre su futuro vital y profesional. De manera mucho menos crítica, el consultor Richard Florida supone que la 'clase creativa' (aquellas profesiones relacionadas con actividades intelectuales y creativas de alta cualificación) supone, para su propio desarrollo, una fragmentación de los vínculos sociales y una mayor superficialidad de los mismos, en la medida en que se valora más la diversidad que la profundidad. De ahí el éxito de las redes sociales.

Por su parte, Linda Grayton, profesora de recursos humanos en la London Business School, señala que la hipercompetitividad, la flexibilidad y la especialización definirán el mercado laboral de la economía del conocimiento. El epítome de esta tendencia es la entronización del trabajador autónomo altamente cualificado, sin relación estable con las firmas con las que trabaja, asumiendo en carne propia los riesgos que un asalariado comparte con su empresa, sin más proyección que su propio esfuerzo y sobreviviendo en una 'precariedad exuberante' en la que contratos mercantiles de corta duración compensan la falta de seguridad en el futuro.

¿Está preparado nuestro sistema de protección social para hacer frente a esta creciente realidad? Sin ninguna duda, no. Nuestro estado del bienestar está pensado para trabajadores fijos con poca movilidad, colectivo mayoritario que se está reduciendo a marchas forzadas por la nueva realidad productiva. Será necesario que lo repensemos antes de dejar fuera de su protección a una proporción cada vez mayor de la población.