El patriarca del clan, en prisión por el saqueo de los fondos de Cooperación. Su mujer y su hijo, investigados por el caso IVAM y, ahora, dos sobrinos implicados en un presunto caso de adjudicaciones sanitarias irregulares relacionados con el Hospital General de València.

En otros tiempos, no muy lejanos, la familia era sinónimo de poder. De poder y éxito, porque la ambición y el ascenso eran el objetivo último de Rafael Blasco. Alguien que fue siete veces conseller con presidentes del PSOE (de donde fue expulsado) y del PP, donde llegó a compaginar una cartera en el Consell, la de Solidaridad, con la portavocía del grupo popular, y que tenía a su servicio una máquina bien engrasada de propaganda en busca del titular y de la foto, no se conformaba con ser uno más. No podía serlo.

Durante años fueron varios los escándalos en los que se vio, siempre presuntamente, envuelto, pero acabaron en archivo o en absolución, como el originario caso Blasco, en 1991. Sin embargo, la investigación por el saqueo de las ayudas a ONG fue la demostración de que la confianza es buena solo en la dosis justa. La sensación de impunidad, ese "nunca pasa nada" resultó no ser tan cierto. Lo de después ha sido un castillo de naipes viniéndose abajo. Pues sí, torres más altas están cayendo.