Las ciudades son el principal sujeto social, político, cultural y económico del siglo XXI. Es en ellas donde vivimos la mayoría de los habitantes del planeta, y donde se están experimentando las grandes transformaciones humanas y tecnológicas.

En las ciudades se están definiendo la mayoría de las tendencias de futuro en todos los ámbitos de nuestra vida. Son espacios de experimentación, innovación y vanguardia pero, al mismo tiempo, son lugares de tradición, historia y costumbres.

En consecuencia, las ciudades son complejas. En su configuración urbana, sus relaciones sociales, sus interacciones económicas o culturales. Además, esa complejidad va en aumento. Y eso significa que la ciudad es conflicto. Cada vez vivimos en ellas personas con orígenes más diversos, diferentes formas de entender la vida o las relaciones humanas.

Todos los días vivimos una situación que puede llamarse conflictiva. Con el conductor de un vehículo que no respeta un paso de cebra, con un compañero de trabajo, con el camarero de un restaurante… Por lo tanto, en mi opinión, el gran desafío de futuro para todas las ciudades del mundo es la convivencia. Entre personas, ideologías, imaginarios urbanos o máquinas.

Y es que, si analizamos los problemas que nos preocupan hoy en cualquier ciudad, todo acaba reduciéndose a una cuestión de convivencia. Yo creo que el futuro realmente sostenible de las ciudades en el mundo pasa por que se conviertan en esenciales palabras como equilibrio, diálogo, acuerdos urbanos, integración, respeto, generosidad.

Analizando los problemas que nos preocupan en cualquier ciudad, todo acaba reduciéndose a la convivencia

No piensen que esta es una pose para mostrar ingenuidad o buenismo. En absoluto. Se trata de reconocer la realidad, con todas sus aristas, y buscar soluciones, frente a quienes buscan enfrentamientos con vencedores y vencidos. Y no obligar a elegir entre dos opciones antagónicas, sino integrar las distintas sensibilidades que (siempre) aparecen. Porque, si las personas somos complejas, la suma de millones de personas multiplica esa complejidad, así que no pretendamos lograr soluciones simples para ese escenario.

Pensemos en la movilidad en la ciudad, por ejemplo. Parece que el problema se reduce a elegir entre coches y bicicletas, cuando es mucho más que eso. Debemos pensar de forma más global y generosa. La convivencia entre todos los artefactos con ruedas en la ciudad será uno de los grandes temas de discusión en el futuro de las ciudades modernas. Y lo mismo sucede con turistas frente a ciudadanos, árboles frente a asfalto u hosteleros frente a vecinos.

En este contexto, las ciudades más avanzadas del mundo están experimentando nuevas fórmulas para intentar alcanzar esa convivencia equilibrada y (casi) armónica. La innovación social, las nuevas economías urbanas, los procesos de construcción colaborativa de la ciudad, o la integración de los agentes privados en la gestión pública están provocando una evolución de esas ciudades muy diferente a la que conocemos hasta ahora. Hay ejemplos recientes en ciudades tan dispares como Nueva York, Medellín, Ámsterdam o Singapur. Son caminos que están empezando a recorrerse, pero que nos asoman a una realidad urbana muy distinta para los próximos años.

Para ser una ciudad integradora y que ofrezca a sus ciudadanos y a sus visitantes un entorno propicio para disfrutarla, tenemos que repensar algunas reglas establecidas, vaciar nuestra cabeza de muchos prejuicios acumulados, empezar a trabajar con personas con las que hasta ahora no contábamos, y ser generosos y creativos al mismo tiempo.

Nuestro objetivo final es hacer mejores ciudades para ciudadanos más felices

No olvidemos que el objetivo final de los que pensamos y actuamos sobre el territorio urbano es hacer mejores ciudades para ciudadanos más felices. Esa es una tarea que requiere de nuevas capacidades y actitudes. Y convivencia, mucha convivencia.

Nadie dijo que cambiar el mundo fuera fácil. Por eso mismo es tan apasionante.