Que Trump se mueve por impulsos lo sabemos desde el primer día que llegó a la Casa Blanca, o incluso desde mucho antes. En estos tres años hemos aprendido que el presidente de Estados Unidos duerme poco y se comunica fundamentalmente a golpe de tuit. La mayoría de ellos colgados de madrugada y cargados de insultos o descalificaciones.

Ve mucho la tele –la que le es más afín–, consume demasiada cocacola y odia especialmente las parodias que hacen de él en Saturday Night Live (les ha llegado a amenazar con llevarlos a los tribunales). Sus colaboradores no han durado demasiado en su puesto y los que siguen lo hacen manejándose en ese duro equilibrio entre ser un bombero apagafuegos y el aparentar ser una administración sólida, seria, creíble.

Todo esto nos hacía más o menos gracia durante este tiempo, nos escandalizaba en mayor o menor medida. Con Trump el surrealismo político se hizo real y sus formas –sus políticas erráticas– se extendieron como un nuevo estilo de hacer política. Pero Trump sabe muy bien lo que hace y, básicamente, en estos años, lo que ha ido consolidando es la política de América primero, le pese a quien le pese. Aunque esta vez, quizás, ha medido mal el golpe.

Verse superado como primera potencia económica por China era una cuestión casi de orgullo, y ver que el gigante asiático le adelantaba por la derecha en el desarrollo del 5G o de la inteligencia artificial era demasiado insoportable para el ego del presidente americano. Así que, sin pensarse demasiado las consecuencias, ha abierto una nueva guerra fría por el desarrollo tecnológico. Google ha sido el primero de los grandes en sumarse a esa guerra y su decisión ha provocado una reacción en cadena.

Vetar a Huawei ha sido un órdago demasiado arriesgado y las consecuencias las vimos en el índice Nasdaq el mismo lunes: Apple, Intel y Micron sufrieron pérdidas millonarias. Unos por temor a perder clientes en el gigante asiático y, otros, porque eran proveedores de suministros de Huawei y, esto es así, si a mi cliente le va mal, los inversores entienden que a mí también me puede ir mal.

En las escuelas de negocios se trabaja todos los días con este concepto, la cadena de producción global: si mis proveedores sufren restricciones eso acaba perjudicando a mi producto final, porque mi fabricación no está localizada en una única planta sino distribuida por diferentes plantas de diferentes países.

Contaba el presidente de Huawei, un tanto emocionado, que tras el anuncio de Google no había parado de recibir llamadas de clientes americanos, de los que tanto había aprendido en los últimos años y con los que esperaba, añadía, volver a trabajar en breve. Habrá que esperar para saber si esto es una pataleta más o estamos, de verdad, ante una nueva guerra fría.