El problema es que no es la primera vez. Human Rights Watch ha contabilizado hasta 85 ataques con gases químicos desde que empezó la guerra en Siria. 85 ataques prohibidos y penados por los organismos internacionales. 85 crímenes de guerra. 85 veces en las que no ha pasada nada.

Aunque duelan muchísimo las imágenes, aunque se te encoja el corazón al ver a un bebé ahogado, intentando respirar, rociado con agua para limpiar sus fosas nasales, sus ojos. No pasa nada. La comunidad internacional se escandaliza pero es incapaz de acordar una solución común amparada quizás en una resolución de la ONU. Y la única respuesta parece que va a ser un calentón de Trump, agobiado por sus problemas internos y deseando desviar la atención con un bombardeo selectivo.

Hay una generación entera que está creciendo así: esquivando bombas, intentando respirar, creándose una coraza hecha a base de silencios, miedo a morir y sonidos de balas. Dicen las ONGs que están trabajando en la zona que cuando llegan esos niños tardan semanas en volver a sonreír, en que les cambie la mirada. Muchos llevan meses sin ir a una escuela porque desapareció.

Pónganse en su lugar: ¿qué harían ustedes? ¿se quedarían esperando en su casa hasta el próximo ataque? Evidentemente no. Huyes, buscas un lugar seguro para los tuyos, buscas un sitio en el que vivir en paz, en el que dejen de sonar las bombas, un sitio en el que tu hijo vuelva a sonreír. Y da igual si ese lugar está a miles de kilómetros, si tienes que cruzar un mar, si hay que pagar a mafias. Huyes y buscas desesperadamente un lugar donde simplemente vivir. Con lo mucho o lo poco que te haya dejado esa guerra. Aunque en tu maleta sólo quepa ya tu hijo. Te vas. Y ¿qué te encuentras cuando en teoría llegas a ese sitio en el que no hay guerras? Indiferencia.

Siria empieza a ser un tema incómodo. Siempre lo ha sido, la verdad. Ya no suma votos hablar de los inmigrantes, de una acogida europea, de abrir fronteras. Hace tiempo que salió de la agenda política. Y mientras, quienes alimentaron el odio al intruso, al extraño, al inmigrante, sí que han sabido rentabilizarlo y sumar votos. Viktor Orbán ha vuelto a ganar las elecciones en Hungría. Y nada más ganar ya ha mandado una advertencia a sus socios europeos: "Las cosas no pueden seguir así".

Y no se refería a los fondos que recibe o a la política energética: Orbán se refería a la política migratoria de la UE a la que acusa de ser demasiado permisiva. Su discurso se cimenta en ideas como "defender el país", "electrificar la frontera", preservar la identidad. Las ONGs le molestan y ha iniciado trámites legales para su control.

Esta es la otra derivada de esos ataques químicos y de esa pasividad de la comunidad internacional. No hacemos nada, no solucionamos el problema y queramos o no, el problema crece y supura por otros poros.