No es la única, pero desde luego sí que es la más grande. Tan descomunalmente grande que ya hay quien ha propuesto, medio en broma medio en serio, que se reconozca como un nuevo país. Han llegado hasta la ONU y han demostrado que recoge todos los requisitos necesarios según la Convención de Montevideo: tiene fronteras (todas marítimas) y tiene un ciudadano (Al Gore, el exvicepresidente de Estados Unidos, se ha ofrecido).

Un grupo de expertos ha estado observando durante semanas a esa montaña de basura que flota en el Pacífico para recalcular su tamaño y han concluido que es mucho más grande de lo que se creía. Esa isla de plásticos, botellas, tapones y restos de redes de pesca ocupa la misma superficie que Alemania, Francia y España juntas. En total 1,6 millones de kilómetros cuadrados. Y lo peor es que va creciendo año tras año.

Estiman que pesa entorno a las 80.000 toneladas. Creen que el tsunami de Japón arrastró más basura y que las corrientes marinas hicieron el resto. Una enorme isla de plásticos que supone todo un desafío medioambiental. Definir esto como la consecuencia más grave de la huella ecológica del hombre me parece una broma.

No saben muy bien cómo deshacer esa maraña de basura, enredada entre peces muertos y aves que se han quedado atrapadas. La propuesta de convertirlo en un país con su bandera, su pasaporte y su propia moneda (han diseñado billetes con la cara de focas vomitando papel) es la última forma desesperada de llamar la atención sobre las agendas de los países afectados por esa isla flotante.

Quienes han pasado semanas analizando esa mole de basura han ido tomando muestras y han concluido que la mayor parte de esa basura es plástico tirado desde barcos de recreo o en las orillas y arrastrados después mar adentro. Sí: es basura que hemos dejado tirada en la playa y que ahí se quedó. Pensando que ya lo limpiarían después. Pero no. Así que estos días, si se van a acercar a la costa, acuérdense de llevarse su basura. No hace falta que nos lo recuerden en carteles antes de entrar en la playa. Ya somos mayorcitos para no andar tirando las cosas al suelo, ¿o no?

La cuestión no es solo que con nuestros gestos ecológicos cargados de buena intención consigamos reducir la basura, que también. La cuestión es que no vaya a más y, sobre todo, que esa persona pegada a nuestra pierna, que bebe de nuestras alegrías, tristezas, frustraciones y triunfos, vea en nosotros que el futuro de este planeta está en sus manos. Somos su espejo y lo que nosotros hagamos lo repetirán ellos. Es ahí donde hay que poner el foco porque son ellos los que heredarán la tierra.