A Niccolò di Bernardo dei Machiavelli le puso mala fama el papado, al que era hostil por considerarlo políticamente dañino para Italia —la gran pasión de Nicolás—, por entonces fragmentada en multitud de estados. La Iglesia, como suele, le hizo pagar caras las críticas y lo 'maquiavélico' enseguida fue algo malo y siniestro. Así sigue la cosa: en nuestro Diccionario significa 'astuto y engañoso', es decir, con refinada intención dolosa. A Maquiavelo no le ha quedado otra que aguantar por los siglos tales infamaciones.

Vivió en el ombligo del Renacimiento. Contemporáneo de Fernando el Católico y Carlos I, del papa Alejandro Borgia, de Miguel Ángel y Leonardo, de Lutero, Erasmo y Garcilaso, aun así consiguió fama. Este intelectual florentino toma su gloria de haber discurrido finamente sobre el gobierno del Estado. No necesitó un grueso tomo para exponer sus ideas principales. Las escribió en su tratadito El Príncipe (El gobernante, podría acaso decirse hoy). Aunque se lee en pocas horas, requiere tiempo para su buena digestión. Y no es, contra la común creencia, un manual para cínicos, ni un recetario para ganar el poder a toda costa.

Maquiavelo elude el juicio moral y lo hace de intento. ¿Es mejor que el gobernante sea amado o temido? Respuesta pragmática: siendo un imposible práctico lograr las dos cosas, en la necesidad escoger, es más útil ser temido. Y aclara –sin invocar preceptos morales-, que ser temido no debe llegar tan lejos que se resulte odioso. Luminoso.

En el último capítulo puede comprender el lector bien dispuesto lo que el famoso libro propone en realidad: un príncipe que regenere la política, un político apto para obrar como redentor capaz y generoso. Ni en esta obra ni en ninguna de las suyas escribió nunca la frase más famosa de su supuesto repertorio: "El fin justifica los medios". De algo parecido a eso trata en el capítulo XVIII, pero en lo que dice no aparece ningún juicio moral que 'justifique' nada, sino una certera descripción de lo que sucede con el juicio de las gentes sobre los gobernantes. "Si [el príncipe] logra con acierto su fin, se tendrán por honrosos los medios conducentes al mismo, pues el vulgo se paga únicamente de exterioridades y se deja seducir por el éxito. Y como el vulgo es lo que más abunda en las sociedades, los escasos espíritus clarividentes que existen no exteriorizan lo que vislumbran hasta que la inmensa legión de los torpes no sabe ya a qué atenerse". Describe, sin más, lo que sucede cuando el gobernante acierta con los deseos de las gentes: no se le pedirán explicaciones. A ver quién lo discute.