Las elecciones del 26 de junio tienen un claro vencedor, el Partido Popular de Mariano Rajoy, que mejora en más de cuatro puntos porcentuales y en 14 escaños los resultados que consiguió hace seis meses.

El resto de los grandes contendientes empeora respecto al 20 de diciembre pasado. Ciudadanos, mucho, pues cae tanto en porcentaje de votos como en el número de escaños. Unidos Podemos, bastante, pues aunque repite el número de escaños que en las anteriores elecciones lograron por separado Podemos e IU, sufre una gran sangría de votos y queda muy lejos de las expectativas que había generado la coalición acordada por Pablo Iglesias y Alberto Garzón.

El PSOE de Pedro Sánchez, por su parte, retrocede en escaños, pero consigue aumentar su porcentaje de votos y no solo evita el sorpasso, sino que deja a mucha distancia al conglomerado que le disputaba la hegemonía de la izquierda.

El Congreso de los Diputados que sale de las urnas parece tan complicado de gestionar para lograr la investidura de un presidente del Gobierno como el anterior, el de la legislatura fallida. El pacto sigue difícil. El PP tiene algunas posibilidades más que antes, 14 escaños más, pero aún necesita sumar otros 39 para lograr en el Congreso la investidura de su candidato con mayoría absoluta. ¿De dónde los sacará, y a qué precio tendrá que pagarlo?

Los partidos tienen que ceder y encontrar una fórmula que garantice cuanto antes un GobiernoEl líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que tiene 32 escaños, dijo en campaña que no apoyará al Partido Popular si su candidato es Rajoy, pero quizás reconsidere su posición dado el éxito del presidente en funciones, que ha logrado que su partido mejore de modo notable en votos y en escaños. Si así fuera, aún necesitaría el PP una tercera pata con al menos 7 votos en el Congreso. ¿El PSOE? También ha dicho Sánchez reiteradas veces que no apoyará en ningún caso no solo a Rajoy, sino tampoco a ningún otro candidato del PP.

El callejón parece de nuevo sin salida, pero vamos a ser optimistas. Seguramente todos los partidos sí hayan aprendido ahora algo nuevo: tienen que sentarse a hablar, tienen que negociar, tienen que ceder, tienen que retirar unos y otros sus respectivas líneas rojas. Tienen la obligación y la responsabilidad de encontrar entre todos una fórmula que evite unas terceras elecciones y que garantice que tendremos cuanto antes un presidente y un Gobierno. Un Gobierno que tenga apoyos parlamentarios estables, que represente lo mejor posible la voluntad expresada este domingo por los ciudadanos en las urnas y que afronte cuanto antes las muchas tareas que le esperan.

En su intervención ante sus seguidores, Rajoy reclamaba anoche el derecho del PP a gobernar y anunciaba que hablaría con todo el resto de fuerzas políticas. Ha de hacerlo con mayor celeridad y disposición que tras las elecciones de diciembre pasado, cuando declinó la invitación del rey de intentar la investidura para ahorrarse la derrota de no lograrla; se limitó a reclamar al PSOE y a Ciudadanos un apoyo casi a ciegas, sin concretar nada, sin ceder nada, sin ofrecer nada.

Esta vez, Rajoy ha de tomarse la tarea con más determinación e incluso con mayor generosidad personal. Y si el precio que los eventuales aliados le ponen a la investidura es su retirada, su paso atrás, al menos considerarlo. Sería en el fondo su mayor victoria.