Vuelven a casa por Navidad un montón de amigos treintañeros que se fueron de España por culpa de la crisis. El año 2012 nos envió a todos al paro y los oportunamente llamados por el Gobierno ‘emprendedores’ optaron por comprarse un billete con destino a Londres, Berlín, París y hasta otro continente. Bajo el brazo llevaban un título universitario, los pocos ahorros que se consiguen en la veintena y la ayuda de unos padres que no se podían creer que sus hijos tuvieran menos futuro que ellos.

Tienen edad para sentarse en un banco y pedir una hipoteca, pero aún comparten pisoQuedamos para tomar unas cañas navideñas durante las que cuentan que lejos de casa no están mal, pero tampoco bien. En nuestra época los colegios no eran bilingües, así que algunos aún bailan en empleos para los que se podían haber ahorrado los estudios. Los que están mejor colocados dudan de las posibilidades de hacer una verdadera carrera profesional porque, últimamente, tienen la sensación de que esas no van a ser para ellos. Ser inmigrante ya era complicado, pero ahora hay referéndums que dejan a la vista el descontento de muchos con su llegada. El miedo a los despidos se ha multiplicado, igual que los vecinos que no saludan en la escalera.

Todo eso ha hecho que se acreciente su sensación de estatus vital temporal. Tienen edad para sentarse en un banco a pedir una hipoteca, pero la mayoría aún comparten pisos de alquiler; fuera todo es más caro y no se atreven a comprometerse porque a saber si se tienen que volver. Les ocurre algo parecido con las relaciones de pareja que algunos han formado allí; no traen niños de vacaciones porque aún ni se los plantean, aunque saben que en nada serán mayores para tenerlos. Cuando el país en el que vives es algo transitorio, también parece que lo son el resto de cosas de tu vida.

También se llevan el valor que tuvieron para tomar aquel vuelo por primera vez

Al preguntarles por qué no se vuelven, se encogen de hombros. Ahora tienen treinta y tantos y sienten que se les ha escapado el momento de cimentar aquí una carrera; esa oportunidad se la dan por menos dinero a los que no llevan un tres delante. En el Congreso ya no se habla de ellos porque al marcharse se llevaron el problema. No parece importar que lo tengan difícil para pertenecer al lugar hasta el que escaparon, ni que aquí solo les espere una cama de 90 en casas familiares en las que también se sienten de visita. Desde que se fueron, han tomado conciencia del paso del tiempo en el rostro de sus padres; antes no se daban cuenta de que se hacían mayores, ni de que ellos también iban sumando años.

En unos días, volverán cargados con los regalos de Reyes hasta donde la crisis les envió. También se llevan el valor que tuvieron para tomar aquel vuelo por primera vez, y el deseo para el nuevo año de no tener que hacer nunca más una maleta con su futuro.