Se nos van. Como nosotros también nos fuimos un día, felices y asustados. Pero se nos van. Los hijos se han hecho mayores. Tienen ya la edad de querer comerse el mundo. Terminados los estudios, unos buscan su primer trabajo y otros se matriculan en la Universidad. Muchos se irán a vivir fuera. Su primer piso compartido. Su primera libertad verdaderamente libre. Nuestra casa de repente se hace gigante. Sillas vacías. Habitaciones vacías. Todo extrañamente en su sitio, angustiosamente ordenado.

Es el síndrome del nido vacío. El pollito empezó a volar solo. A vivir solo. A decidir solo. Y los padres nos quedamos vacíos, echando de menos caricias y hasta broncas. Cómete la verdura, deja el móvil, no te sientes así, ¿qué horas de llegar son estas? Fin de etapa. Los hijos, como las crías de las águilas, llevaban ya mucho tiempo aleteando fuera del nido, ejercitando las alas, mirando con envidia ese horizonte infinito más allá del bosque, preparándose para dar el gran salto.
Los primeros vuelos fueron cortos. Como los pollos de las cigüeñas, empiezan dando algún planeo torpe antes de regresar raudos a la seguridad de la plataforma familiar. Pero cada vez vuelan más lejos y tardan más en volver. Llámame todos los días. Al menos un wasap diario. Qué flaco estás. ¿Es que no te dan de comer en la residencia?

Me sorprenden las aves. Se preocupan mucho por su prole, pero en cuanto crecen, fuera. El pollo de búho chico sigue pidiendo comida. Esfuerzo inútil. Te has hecho mayor. Te he enseñado a sobrevivir. Es tu momento. Por suerte nosotros no somos así. Somos un clan. Nos queremos. El amor nos salva. Y nos devuelve la vida al nido en cada nueva reunión familiar. Aunque no sea todas las veces que nos gustaría.