Una playa salvaje bajo un acantilado imposible. Te despelotas y lanzas al mar inmensamente feliz. Sin móvil, sin redes sociales, sin vergüenza. Tan solo el sol, las olas del mar embravecido, el graznido de una gaviota...

¿Y ese zumbido? No me lo puedo creer. Un dron sobrevuela mi cabeza. Me sigue e imagino que graba mi culo. Rápidamente el aparato cambia de presa. Se lanza hacia una chica que camina en topless por la arena, quien instintivamente cruza los brazos para ocultar sus pechos. Está asustada. Yo también. El cacharro toma altura. Se queda suspendido en el aire, vigilante, expectante, amenazante. ¿Quién lo maneja? Imposible saberlo. Allí solo estamos un par de parejas intimidadas, mirando esa extraña nave espacial cuyo ojo electrónico me recuerda al Gran Hermano de la novela de Orwell. Quizá sea un dron de vigilancia de la policía desarrollado para rescatar ahogados, pero lo dudo. A lo mejor salimos en un documental. A lo peor pasamos al archivo personal de algún pajillero.

Tengo amigos biólogos que utilizan drones para censar colonias de aves. Y saben perfectamente que si se acercan demasiado también molestan a los bichos; incluso pueden provocar el abandono de los nidos. Yo me empiezo a sentir como esos buitres asombrados. Nuestro instinto nos decía que atrincherados en riscos inaccesibles, en refugios secretos, en casa nadie nos molestaría. Estábamos equivocados. Las cámaras de seguridad, gracias a la inteligencia artificial, ya no solo te graban sin que te enteres, sino que te identifican y persiguen. Nos quedaba el patio, el jardín, el bosque como últimos refugios donde escapar de ellas, pero los nuevos artilugios voladores han logrado lo imposible. Se acabó la privacidad.