Las nuevas cuadrillas encargadas de luchar en España contra los incendios forestales llevan un apretado abrigo de lana, trabajan de sol a sol y gustan de sestear bajo la sombra de algún árbol centenario.

Son ovejas bombero. Y cabras bombero. Incluso caballos bombero. No tienen mal sueldo. En Castilla-La Mancha, al centenar de rebaños contratados en estos días por la Administración regional para tan específico trabajo se les pagará 123,40 euros por hectárea. La comida viene incluida, pues su labor será la de triscar suculentos arbustos en los cortafuegos y así eliminar la maleza a golpe de diente.

Esa maleza que en verano, cuando se seque, corre el riesgo de convertirse en peligrosísimo combustible, mecha explosiva de futuros incendios incontrolables. Este año lo harán en más de 2.000 hectáreas castellano-manchegas a donde no hará falta enviar numerosos retenes de trabajadores montados en camiones todoterreno, pertrechados de ruidosas desbrozadoras de gasolina, equipados con cascos, guantes y chubasqueros de color fosforito.

Todo eso lo hará el ganado de Mariano, de Julián, de Ambrosio y de tantos otros como lo hicieron siempre, metiéndose en el monte al ritmo indolente pero constante de sus cencerros. El perro fiel agrupándolas con inteligencia cuando hace falta, cuando su dueño le envía una orden en forma de silbido y él entiende perfectamente que las blanquinegras esas de ahí abajo se están enriscando peligrosamente y hay que hacerlas volver, o que es hora de ir al abrevadero para echar un buen trago, no nos vayamos a resecar con este sol de justicia.

En Castilla y León, Aragón, Andalucía, Cataluña también hay muchas de estas cuadrillas de cabras y ovejas bombero. Sus prácticas milenarias se han convertido en una modernidad que ahora llamamos manejo agroforestal sostenible, pero a fin de cuentas es lo de siempre. Un monte cuidado es un monte vivo. A cambio nos van a regalar unas carnes y unos quesos excelentes. También nos ayudarán a mantener una inmensa biodiversidad, desde buitres alimentándose de algunos de esos bomberos herbívoros muertos en acto de servicio hasta raros escarabajos felices con sus excrementos. Y ayudarán a tener pueblos más vivos, pues esas ayudas son fundamentales para mantener un oficio, el de pastor, en peligro de extinción.

Este año viene bueno. Ha llovido mucho, por lo que el pasto tardará más en secar y sus posibilidades de arder descienden. Habrá incendios como todos los veranos, pero quizá no tantos gracias a las labores preventivas del ganado bombero. Porque los fuegos del monte hay que apagarlos en invierno. Pero también porque los necesitamos. Aunque solo sea para que cuando veamos desde la cima del otero a uno de estos rebaños heroicos, como cantó Pessoa reconociendo su alma de pastor, mirándolos a ellos veamos también nuestras ideas.