El rey, Rajoy y Puigdemont juntos en una manifestación. Oriol Junqueras oyendo misa en la Sagrada Familia junto a un general del Ejército, y los presidentes del Gobierno español y de la Generalitat presidiendo una reunión conjunta de ambos Ejecutivos. Uno y otro hablando de unidad y de cooperación y alabando la firmeza y la fortaleza mutua.

Todo eso ha sucedido en la tercera semana de este mes de agosto que nos han roto inmisericordes una banda de iluminados de mierda. Todo eso ha sucedido porque han visto la hidra del terror sembrando de muerte y dolor las otrora alegres y vitales Ramblas de Barcelona. Porque una amenaza tremenda y real evidencia la necesidad de apartar los conflictos artificiales y apiñarnos para plantarle cara con eficacia al enemigo común. En tales circunstancias, habría resultado hasta ridículo hablar del procés y quien lo hiciere quedaría en evidencia.

Ante los grandes retos solo cabe la unidad, porque el terror les ha puesto a todos los pies en el suelo. No es verdad que no haya miedo, no tenerlo sería irresponsable. Lo que sí sabemos es vencerlo y para eso, como para otras grandes causas, tenemos que hacerlo juntos. Con nuestras diferencias y discusiones, pero juntos.

Soy consciente de que más pronto que tarde el pulso del 1 de octubre romperá el ensalmo. Nada, sin embargo, escapará a lo que hemos visto y oído estos días. El comportamiento ejemplar de la sociedad catalana y la del resto de España ha dejado bien patente lo que no quieren. Ni la actitud ni el lenguaje de los políticos puede ser el mismo de antes. Nada volverá a ser igual.