El enchufismo tiene mala prensa. Los feos asuntos que han anegado nuestro país en los últimos años fueron denigrando sobremanera el significado del término hasta situarlo casi en el terreno de lo delictivo. Conviene, sin embargo, establecer categorías que permitan establecer la diferencia entre quienes utilizan la posición o el cargo para favorecer a los cómplices de sus manejos y aquellos otros que se prestan a echar un cable porque se lo pide alguien cercano.

Digo esto porque si metemos a todos en el mismo saco estaremos favoreciendo prácticas alejadas de la legalidad, la ética y la decencia al confundirlas con una actitud natural comprensible y hasta deseable como es el ayudar a la gente de tu entorno. Si esto último fuera reprobable estaríamos incriminados la inmensa mayoría de los españoles. Así lo corrobora uno de los últimos barómetros del CIS que se propuso preguntar a los encuestados ¿cómo consiguió su trabajo? El resultado fue categórico. Si sumamos aquellos que lograron su empleo por la intervención de un familiar directo, que son la mayoría, con los que los lograron gracias al empujón de un amigo o de un conocido, casi la mitad de los consultados habían recibido la ayuda de alguien próximo.

Desde luego que no es lo deseable. Sería mejor que la formación, la actitud, la capacidad de trabajo y otros méritos objetivos fueran los únicos vectores que influyeran en la decisión de contratar a alguien. De hecho, a la larga, todos esos valores al final suelen imponerse en una carrera profesional por encima de cualquier otro influjo ajeno a ellos. Pero cómo eliminar el factor humano en esa trayectoria en la que todos somos susceptibles de utilizar nuestras subjetividades. El primero, el que suscribe. Mi primer contacto con la profesión fue gracias a una prácticas que alguien me ayudó a conseguir y al que se lo agradeceré de por vida. Tuve claro, eso sí, que aquello solo servía, y no era poco, para poder arrancar, aprender deprisa y mostrar lo mejor de uno mismo en un tiempo record, si quería avanzar en esta bendita y codiciada profesión. Esta es la misma filosofía que he aplicado a quienes proporcioné, cuando estuvo en mi mano, esa primera oportunidad, que no han sido pocos.

La práctica de la recomendación tiene también sus límites éticos que permiten distinguir al que logró beneficiarse de ella en sus comienzos del que pretende vivir enchufado de por vida, que son muchos y extremadamente dañinos. Esos son los enchufados a los que hay que desenmascarar. Por lo demás, a qué padre se le puede reprochar que mueva el cielo y la tierra para ayudar a su hijo a encontrar trabajo en un país en el que casi la mitad de los jóvenes están en paro. El que esté libre de ese pecado que tire la primera piedra.