Vamos a hablar de Europa, que ya es hora

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

No sé qué habrá pasado el 1-0. Estas líneas las estoy escribiendo en vísperas, en una comarca europea, apacible y con escasa cobertura, cuyos habitantes parecen poco preocupados por el problema catalán y por los problemas de España, en general. Tampoco se les ve preocupados por Europa, pero es evidente que se sienten a gusto en su condición de ciudadanos de la UE. De hecho, si hasta aquí llegamos desde otros países sin necesidad de cambiar de moneda ni de enseñar documentos ni de pasar controles fronterizos ni de pagar roaming es gracias a que formamos parte de una unidad económica y jurídica que, sin llegar a ser unidad política, está resultando muy conveniente para todas las partes implicadas. ¿Es mejorable? Por supuesto. Pero hasta los griegos saben, a estas alturas, que la posibilidad de mejorarla desde dentro es mucho más interesante que el riesgo de añorarla desde fuera.

Acabo de terminar un trabajo sobre los 80 al que he dedicado varios años de mi vida, incluidos los que dediqué a vivir en directo esa década. Se titula Avión Club, una historia de los 80 y es eso, una historia novelada de una década en la que por primera vez en mucho tiempo los españoles vivimos en libertad. Cuando pones en orden los recuerdos propios y ajenos de ese periodo adviertes que lo que más cambió nuestras vidas fue precisamente la entrada en la UE; más incluso que el desarrollo autonómico o los primeros años de gobierno socialista que fueron años de modernidad y de progreso (así lo entendían quiénes una y otra vez daban a Felipe González mayorías suficientes para gobernar; los mismos que luego, con criterio, lo echaron del poder).

En 1985 se firmó el tratado de ingreso en la Comunidad Europea, embrión de la UE. No salió la gente a celebrarlo en la calle, como si fuera un triunfo deportivo, ni brindó con cava, como cuando murió el dictador, pero ese tratado cambió sus vidas para siempre. Y para bien. Basta repasar las cifras de la economía y los indicadores de la calidad de vida cotidiana. No creo que nadie en su sano juicio (menos aun quienes sufrieron las penurias en blanco y negro de las décadas anteriores) puede negar la importancia que aquel salto histórico tuvo para un país como el nuestro… y para otros, incluido aquel en el que ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. ¿Cuál es? Lo mismo da. Igual podría ser Portugal que Alemania, Irlanda, Italia, Francia, Bélgica, Holanda o Polonia. Aunque todos hayan tenido que pagar los costes de la pertenencia a la UE (a veces incomodos, a veces incomprensibles, a veces injustos, a veces desmesurados) todos se han beneficiado de sus ventajas.

¿Por qué se me ocurre hablar precisamente hoy de Europa? Porque llevamos demasiados meses mirándonos el ombligo catalán y ya va siendo hora de poner las cosas en su sitio, que es ése: la Europa unida, un club de estados al que pertenece Cataluña porque a su vez pertenece a uno de esos estados. ¿Por qué no hablamos más de la UE? ¿Por qué en los debates del procés se esquiva o falsea este aspecto tan esencial de la cuestión?

No deberíamos esperar a la próxima batalla. Ha llegado la hora del diálogo y uno de los asuntos de los que hay que discutir, dejando a un lado las múltiples emociones que empañan este debate, es Europa. La que tenemos, la que queremos, la que detestamos y la que soñamos, la Europa de los banqueros  y la de las personas, la de los mercaderes y la de los derechos humanos, la Europa de los pueblos y la de una burocracia incapaz de afrontar problemas como el de los refugiados. Igual debatiendo sobre Europa podemos responder preguntas que han quedado sin respuesta en el  debate sobre Cataluña. Un debate tristísimo, tal y como se ha planteado, para aquellos que apostamos por un mundo sin fronteras y a los que incluso las de la UE se nos están empezando a quedar pequeñas. De eso también tendríamos que hablar.

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