Están haciendo Historia. Lo dije hace un par de meses, cuando las actrices de Hollywood empezaron a denunciar el acoso, echó a rodar el movimiento #MeToo y unas campeonas de ajedrez se negaron a jugar en un país donde las mujeres son ciudadanos de segunda. Volví a decirlo hace un mes, cuando medía España se rasgó las vestiduras, con frenesí digno de mejores causas, porque una portavoz dijo “portavoza”. Están haciendo Historia, vuelvo a decir ahora que la movilización del 8M empieza a ser eso, Historia. Lo es desde el día en que fue convocada como huelga. Por primera vez en los 150.000 años que tiene el homo sapiens y los cinco o seis mil de los que suelen hablar los historiadores, las mujeres ponían pie en pared para recordar su papel en el proceso productivo.

Como siempre que la tierra tiembla bajo los pies, muchos caballeros -y no pocas damas- hicieron pública su inseguridad enarbolando amenazantes sus báculos o trufando con invectivas sus tertulias. Un grupo de mujeres firmó incluso un manifiesto para recordar que “no nacemos víctimas” y que “la gran mayoría de mujeres en España son libres para elegir trabajo profesional, carrera y tipo de vida”; la primera versión de ese manifiesto salió ilustrada con una foto de Ana Botín que, efectivamente, no nació víctima. Es cierto que se ha avanzado mucho en la igualdad, pero el avance legal no ha ido acompañado por un avance similar en las conductas, en una sociedad donde hay prelados que comparan a las feministas con demonios y chavales que, tirados en el sofá, reclaman a gritos la cerveza a su madre, su hermana o a su novia, a quien de paso controlan los guasaps, mientras el crimen machista se cobra una nueva víctima por semana. Que España sea uno de los cinco países con mayor indice de igualdad solo quiere decir que en 195 países hay más razones para protestar que aquí, no que aquí no haya ninguna.

      En vísperas de la masiva movilización feminista, preguntaron a la ministra de Igualdad si ella es feminista.

      -No me gustan las etiquetas -respondió.

      Qué poco le habría costado contestar:

       -Claro, como todos los demócratas.

Porque basta abrir el diccionario para advertir que no se puede ser demócrata sin ser feminista. Feminista.- Partidario del feminismo. Feminismo.- Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Así de fácil. Ser feminista es ser partidario de la igualdad de derechos entre la mujer y el hombre. ¿Como no vamos a ser todos feministas?

Pues no, no lo somos. Muchos esquivan la palabra y otros la utilizan en términos peyorativos o con derivas insultantes, como “feminazi”, aunque tras la exhibición de músculo del nuevo feminismo, que ha prendido con fuerza entre los jóvenes, quizá se corten un poco a la hora de insultar. Algunos ciudadanos bienintencionados creen que feminismo es lo contrario de machismo. A esos hay que recordarles que fueron unas pocas feministas las que consiguieron el voto para la mujer, hace cien años, y unas pocas mujeres las que lograron meter el principio de igualdad en la legislación española; en el primer parlamento democrático solo había 21 diputadas y seis senadoras.

Hemos avanzado en estos años ¡solo faltaba! Pero en 1976 Amancio Prada cantaba “libre te quiero, pero no mía” y ahora los adolescentes expresan su amor con candados, en aquellos países de la tierra -no son tantos- donde pueden expresar el amor con libertad. El mundo necesita periódicas transfusiones de feminismo como la que recibió España el 8 de Marzo. Y no solo para los hombres. Buena parte de las mujeres con poder ejercen la igualdad, pero no hacen especiales esfuerzos por defenderla. Es natural. Quien consigue salir airoso por sus propios méritos en un medio hostil no siempre se acuerda de quienes se han quedado en el camino y en una sociedad competitiva, menos todavía. Pero el medio sigue siendo hostil y todos, hombres y mujeres, tenemos que seguir haciendo Historia.