La semana pasada me criticaba un lector porque en un artículo sobre el sector agroalimentario no había visto "un aplauso a los curritos, los que son la mano de obra, vamos, la plusvalía del empresario". Aunque es obvio que una columna titulada Mientras ellos roban los demás curramos tiene como protagonistas a los currantes, aprovecho para hacer una declaración de principios: tengo en muy alta estima a las personas que trabajan en el campo y pienso que hasta en la mano de obra de temporada, pura y dura, existe algo parecido a la especialización: un conocimiento del terreno, del clima, del producto. Me he criado entre agricultores, convivo con ellos, y ya quisiéramos en otros oficios hacer nuestro trabajo como ellos hacen el suyo, aunque sea en los niveles más básicos y peor pagados (incluso indignamente pagados). Ese trabajo bien hecho, junto con el conocimiento, el I+D+I y otros factores como la adaptación a los mercados actuales, es razón principal del crecimiento del sector hasta situarse (era el tema de la semana pasada) en la locomotora de la economía y las exportaciones.

En la política se está sustituyendo la razón por la emociónEsta semana quiero hablar de un pariente cercano del trabajo y del conocimiento: la reflexión. Ahí no me refiero ya sólo a la actividad económica. Me refiero a la actividad política y social, a la organización de la convivencia entre todos nosotros, a nuestro progreso como seres humanos. La idea me la da un ciclo cultural dedicado a José Luis Sampedro en Azuqueca (Guadalajara), con el título "Pensamiento Saludable" o, al revés, dedicado al pensamiento saludable con el título "José Luis Sampedro". Tanto monta. Sampedro y pensamiento son sinónimos y, en estos momentos, necesarios.


En la política se está sustituyendo la razón por la emoción, que a quienes tan solo pelean por poder resulta mucho más rentable. No es nuevo: desde el Imperio Romano al III Reich muchos poderosos han tenido entre sus armas el manejo de las emociones. Lo que resulta preocupante es que eso sea elemento dominante en la política del siglo XXI, lleve al poder a individuos como Trump, reavive lo peor de los nacionalismos y dé alas a fenómenos como el Brexit o el lepenismo, con fuerte componente irracional. Los ciudadanos, en lugar de plantarles cara con sesudos ejercicios de pensamiento, como los ensayos de Sampedro, nos limitamos a dar rienda suelta a las emociones en tuits de 140 caracteres, mientras en los medios de comunicación el análisis sosegado de la columna se sustituye por tertulias trepidantes donde hay que abrirse paso a gritos, para no ahogarse en la espuma.

Lo importante no es llenar estadios con gente coreando consignas sino llenar bibliotecas
Me gusta la idea de ese ciclo, que nace con vocación de continuidad y sin megalomanías. Lo importante no es llenar estadios con gente coreando consignas, sino llenar bibliotecas con gente compartiendo reflexiones. Eso pensaba Sampedro, precursor en tantas cosas: la denuncia crítica de los abusos, la defensa de la dignidad amenazada, la revitalización de la solidaridad, el compromiso con el saber racional o la formación. Lo dijo Olga Lucas en Azuqueca: vivimos en momento donde se piensa poco y "es necesario parar, es necesaria la reflexión, reivindicar los valores de Sampedro".


Me pregunto qué diría estos días el profesor Sampedro. Igual, en lugar de hacer un Elogio a la Reflexión hacia un Elogio de la Censura, jaleando la iniciativa de Podemos y recordando que un parlamento democrático ha de ser por fuerza crítico. Pero tal vez, por qué no, haría un  Elogio del Pacto,  celebrando el apoyo del PNV a los presupuestos, recordando que el acuerdo es la consecuencia lógica del diálogo y que quienes representan a diferentes intereses y sectores de la sociedad tienen la obligación de pactar. No creo que sean planteamientos incompatibles. Pero el primero, el que está en los cimientos de los demás, es la reflexión. La sociedad la necesita y los huérfanos de Sampedro, pero no de sus ideas, la echamos mucho de menos.