Vivo en el centro de Madrid y de las restricciones del tráfico no he escuchado quejarse a ni un solo vecino. En cambio, sí que me han llegado las protestas de los que quieren venir de compras al Primark en coche. Dicen que esto es ridículo porque en el centro siempre se ha podido circular, pero lo que de verdad tiene guasa es que no se hayan dado cuenta de que Madrid hace mucho que no es lo que era.

Aquí cada vez somos más, y vienen a vernos más, por mucho que el nuevo ayuntamiento quiera que todo siga como en la época del Seat 600, poniendo en duda la contaminación. Ese negacionismo creía que solo podíamos escuchárselo a Trump, que le viene fatal meterse en líos con petrolíferas, pero resulta que en nuestro país también hay políticos afines... Sorprende, aunque en su día tuvimos a los que les pareció secundaria la inversión en renovables, esas que podrían haber sido punteras en España, pero entonces tenían que cerrarse puertas giratorias.

Que pongan en duda la contaminación políticos con intereses, vale, pero que a gente de a pie le dé igual que en el centro nos atasquemos y ahoguemos es de multa gorda por egoísmo. Lo de este país y el coche, que se coge hasta para ir a por el pan, tiene que cambiar. Europa ya no vacila, todos los partidos saben que no pueden conducir en contra, pero el populismo al que se ha agarrado Almeida en su estreno es una muestra más de la era del cortoplacismo político en la que vivimos.

Se llega al poder para revertir lo que hicieron los anteriores sin plan B. En Madrid Central podría duplicarse el carril bus, sumar a la EMT coches y motos eléctricas, desarrollar aparcamientos disuasorios y mejorar la frecuencia del metro, ese que depende del PP de la Comunidad y desde que empezó la restricción, casualmente, va fatal. Y lo que de verdad tiene que haber es una transición al coche eléctrico.

El ayuntamiento podría haber invertido en todo eso el dinero del multón que llegará de Bruselas, pero opta por el revanchismo político diciendo que ni una lección con los datos que no ve que baje la contaminación.

¿Sabéis lo que no se ve en el centro? Niños. Al caminar por Preciados, Mayor o los Jardines del Moro los únicos niños con los que te cruzas son los de los buses de turistas. A los madrileños no los llevan al centro sus padres más que para ver Cortylandia. Se están perdiendo una parte de la ciudad que es mucho más que un centro comercial contaminado.

A Madrid Central seguro que hay que darle una vuelta, pero la verdadera reconversión la necesita la política de Almeida. La dirección de campaña rara vez puede ser la de gobierno y lo que le toca ahora al alcalde es cuidar Madrid, no llenarla de multas, y dejar el coche en casa si viene al centro. Igual así los del Primark toman ejemplo, y el metro.