Me ha llegado una oferta de trabajo por LinkedIn, esa red social que ha cambiado la vida laboral de... Sí, hombre, hay un caso en… Vale, no conozco a nadie que haya conseguido colocarse gracias a esa página, pero supongo que funciona porque Microsoft la compró por una millonada. El caso es que me enviaron un mensaje desde el perfil de una revista contándome que querían que colaborara “plasmando en nuestra web tus fascinantes historias y pensamientos más creativos”. Me puse bien contento al verlo, que eso de que mis textos te dejan pasmado no lo escucho más que cuando voy a comer a casa de mis padres, pero al llegar al último párrafo del mensaje me entró todo el bajón. Querían contar con mi pluma a cambio de “llegar hasta un nuevo público a través de nuestras redes y darle visibilidad a tu firma”. Traducción: queremos que trabajes gratis.

No es la primera vez que me ofrecen, sin ninguna vergüenza, un trabajo pagado con palmaditas en la espalda, ni creo que vaya a ser la última. Es algo que pasa cuando te dedicas a darle a las teclas, o si eres ilustrador, diseñador, músico... Trabajos que no está muy claro las horas que ocupan ni el peso del resultado, aunque también les pasa a camareros, vendedores o transportistas porque sacar la carta de “esto de prueba y lo próximo ya si eso te lo pago” les gusta mucho a algunos de los que mandan.

Lo peor es que si este mensaje invitándome a escribir gratis me hubiera llegado cuando estaba empezando a hacerme un hueco en la vida laboral, habría contestado que encantado. Pasar por el aro podría suponer que luego me saliera otra cosa. Además, si no lo hacía yo seguro que se quedaba el trabajo otro, que está el mercado para dar codazos, y al final ese otro conseguía el contrato. Ese razonamiento inseguro me llevó a escribir artículos, proyectos de series de TV, ceder guiones de películas… Todo gratis, por si al final sonaba la flauta. No sonó nunca. Creo que lo que escribía era potable, pero los que me lo pedían tampoco se lo tomaban muy en serio porque, total, se lo había regalado. Encima, después no me ofrecían trabajos con envío de factura. Si es que donde se ha sido don Pepito, no se puede ser don José.

Este mercado de trabajos pagados con aire ha ido a peor desde que tenemos redes sociales; ahora la moda es ofrecer tus servicios a cambio de ganar seguidores. Tientan con etiquetas en tuits, fotos de Instagram, estados de Facebook y todas esas cosas efímeras que nos hemos convencido de que demuestran las capacidades profesionales en el siglo XXI. Tanta gente te sigue, tanto vale tu trabajo. Igual hay casos, pero también hay muchos que cuentan con K seguidores y lo que consiguen son encargos a cambio de zapatillas que sacar luego en sus perfiles.

Las redes sociales se han convertido en currículums en los que se explora a los candidatos como si sus selfies, repetidos hasta salir bien, de verdad hablaran de ellos. Ya hay castings de actores en los que el primer descarte se hace en función de quién tiene más corazones en las fotos. Molar en Internet, en ocasiones, también es una condición por encima de la preparación para publicar un libro, ser fotógrafo o trabajar en medios. Crucemos los dedos para que no empiece a serlo para trabajar de cualquier cosa, a lo capítulo chungo de Black Mirror.

Son pocas las valías laborales que se puede medir en seguidores y mucho menos cuando se sabe que comprarlos sale por dos duros. Quizás en el futuro los retuits sean moneda de cambio, pero en 2018 no son más que toqueteos en la pantalla del móvil que, en ocasiones, se dan por inercia. A lo que sí tenemos que darle todos me gusta es a que el trabajo se pague. Mientras haya uno que no confíe en que lo que hace se merece una cifra y que los seguidores le harán ganarla, el mercado de trabajos gratis sobrevivirá. Acabemos con esta moda haciéndoles todos unfollow a los caraduras que escriben esas ofertas.