Los independentistas tienen secuestrada a España. Dos millones de catalanes, que se creen destinados a recuperar una república de nubes rosas que solo existe en su cabeza, paralizan a su antojo el gobierno de un país real con necesidades urgentes. Sus representantes políticos llevaron a Rajoy hasta los estertores y ahora utilizan los presupuestos como arma arrojadiza para mandarnos a todos a las urnas.

Para el Govern parece que Sánchez ha vivido de espaldas al problema catalán, a pesar del consejo de ministros en Barcelona, del aumento de infraestructuras en Cataluña y de que recibió a Torra con lazo amarillo en la Moncloa. Quizás el problema haya sido que creían que diálogo era sinónimo de saltarse a la justicia, lo que no sería raro porque últimamente ha corrido la voz de que por aquí la separación de poderes puede ser una pantomima.

El caso es que los independentistas han decidido morir matando, a sabiendas de que tienen la llave del país. La que no tienen es la de la celda, y se están jugando que les pongan más candados.

Quizás sea lo que buscan, vista la vocación de mártir de la que Junqueras alardea en el juicio del procés, un altavoz electoralista para el independentismo, pero también para Vox, la nueva ficha en el tablero del Congreso. El complejo panorama político que trajo la recesión económica se enredará más con la llegada a caballo de Abascal, igual que la capacidad de acción del futuro presidente.

En España se gobierna al retranque porque la oposición está convencida de que ese es un lugar desde el que tirar piedras al de arriba hasta hacerlo caer.

Es necesario asumir que la oposición también es un espacio desde el que representar, hacer pactos y buscar lo que nos une más que lo que nos separa. Tampoco avanzaremos hasta que tengamos líderes capaces de evitar laberintos como el actual. O lideresas, que despierta bochorno escuchar discursos de feminización política desde gargantas encorbatadas.

Nos merecemos políticos que sean mucho más que estrategas que buscan la realización de sus proyectos personales. Su único objetivo tiene que ser el nuestro.

A la sociedad se le olvida que tiene la responsabilidad de decidir quién acabará hablando desde la tribuna. El voto es nuestro medio, un derecho, y aquellos a los que les costó tanto conseguirlo deben de estar revolviéndose en la tumba por los millones que optan por abstenerse.

La excusa es la de "todos los políticos son iguales"; la realidad es la desinformación. No todos los políticos son lo mismo. Los hay que priorizan derechos sociales y otros que se inclinan más por la seguridad de las empresas.

También los hay que saquean y algunos que ponen en peligro las libertades. De nuestro voto depende no permitir que nadie más nos secuestre.