De pronto, y al límite mismo del paréntesis estival, nuestra vida pública —durante tanto tiempo bloqueada— ha experimentado en unas pocas semanas dos intensas e inesperadas sacudidas que han revuelto la escena política nacional. Primero fue el osado —e inesperadamente exitoso— jaque mate, por parte de Pedro Sánchez, a un gobierno de Rajoy tenido por indescabalgable. Después, y como consecuencia colateral del mismo, unas primarias del PP cuyo resultado ha tendido a ser interpretado como premonición de un cambio de guión interno en un partido que languidecía. El resultado: un súbito reverdecimiento de muchos votantes de ambas formaciones que se ha traducido —de forma momentánea, probablemente— en un auge de las preferencias electorales declaradas por la ciudadanía. Como no hay elecciones convocadas, esta reorganización de las intenciones de voto que ahora, a finales de julio, declaran los españoles, deben ser entendidas más bien como la traducción, en terminología electoral, del nuevo estado de ánimo de parte del electorado (especialmente de los dos hasta ahora sumidos más bien en una especie de resignada melancolía) tras cuanto ha ocurrido en estos dos últimos meses.

El hecho, en todo caso, es que en tiempos de hipotensión política la fortuna —ya lo advirtieron los clásicos— tiende a veces a aliarse con la osadía. Y así, en este concreto momento, los dos partidos "viejos" (PSOE y PP), gracias a dos inesperados golpes de efecto, se han colocado por encima de los dos "nuevos" (Ciudadanos y Podemos) en cuanto a atractivo electoral. Lo que este sorpasso pueda durar, y la reordenación del voto hacia las cuatro formaciones que finalmente se estabilice es imposible de precisar. Por lo pronto, lo que procede reconocer es que este no es ya tiempo de lealtades partidarias tan definidas y rocosas como las de antaño. Las identificaciones partidarias de los ciudadanos han devenido crecientemente volátiles y, por tanto, cada vez más reacias a anidar, con vocación de permanencia, en un exclusivo nicho electoral. La posibilidad, ahora, de optar entre un mayor número de marcas políticas (con el consiguiente achicamiento de las distancias ideológicas entre ellas) potencia precisamente esta mayor labilidad del tablero electoral. Durante muchos meses —recuérdese— Ciudadanos ha encabezado las preferencias electorales expresadas por los españoles: ahora, súbitamente, pasaría a un tercer lugar, en modo alguno entendible como definitivo. Nada garantiza que, en otoño, este reparto actual de preferencias electorales no experimente un nuevo reajuste: lo que tras el mismo cabe entender que subyace es el intenso deseo ciudadano de que algo se mueva, de que haya señales de cambio que facilite tanta reforma pendiente.

Pero por debajo de la siempre llamativa espuma política que, sin duda, es lo que antes llama la atención, subyace una preocupante realidad, como los datos restantes del sondeo revelan. En nuestro tejido social, tras diez años de crisis económica, siguen siendo claramente perceptibles las profundas heridas que aquella (y el modo en que se le ha hecho frente) le han causado. Ciertamente, el 52% de los españoles reconoce que la situación económica general del país lleva ya algunos años mejorando. Pero al mismo tiempo un abrumador 93% dice no percibir, en su bolsillo, esa mejora. El 79% indica que sigue siendo difícil encontrar trabajo y, entre los que lo consiguen, el 93% dice que el salario que perciben les resulta insuficiente para vivir. Todo esto lleva al 82% a concluir que la crisis puede haber amainado, pero que en modo alguno ha quedado ya atrás: de hecho, el 52% cree incluso que no quedará definitivamente superada hasta dentro de muchos años. Y, finalmente, un llamativo 73% cree que la actual generación de jóvenes acabará teniendo, en su vida, una situación económica peor que la de sus padres. Con un diagnóstico global de situación de este tenor, no puede extrañar que en nuestra sociedad predomine ahora, en conjunto, el pesimismo (63%) sobre el optimismo (35%).

Ahora bien, al mismo tiempo, datos de Metroscopia referidos a este mismo mes de julio revelan algo especialmente relevante para entender como merece la urdimbre cívica y la capacidad de resiliencia de nuestra sociedad: la extendida e intensa decepción existente respecto del actual estado de cosas no conduce a los españoles ni al cínico desentendimiento respecto de nuestra vida colectiva ni a su radicalización en cuanto a los posibles modos de repararla. Por el contrario, siguen creyendo —de forma que roza la unanimidad: 83%— que nuestra actual democracia (la monarquía parlamentaria que establece el artículo 1.3 de la Constitución) es el mejor sistema posible para un país como el nuestro. Lo que ocurre es que funciona mal (lo afirma el 63%). Y la causa de esa disfuncionalidad es que nuestros representantes públicos no acaban de saber reencontrar la altura de miras que un día existió y que, desde hace años ya, y sondeo tras sondeo, se les viene reclamando: predisposición al diálogo, capacidad de negociación, anteposición del interés público a las coyunturales conveniencias partidistas. En suma, un retorno a ese "espíritu de la Transición" que es masivamente añorado (86%). En realidad, los ciudadanos ponen fácil ese retorno a una vida política basada en el diálogo y el pacto. Cuando se les pregunta qué coalición preferirían en el supuesto de que su partido no pudiera gobernar en solitario, llevan años repitiendo la misma respuesta: "la que decidan aquellos a quienes he dado mi voto". Y, ahora mismo, el 70% considera una muestra de responsabilidad política que cuando dos partidos con ideologías y planteamientos totalmente distintos negocian, ambos cedan parte de lo que querían para poder así llegar a un acuerdo; solamente el 26% piensa que actuar así constituya una infidelidad (o una traición) a los propios principios. Lo que invita a concluir que cuando un líder, ante una negociación compleja que requiere concesiones, alega que "mis votantes no lo entenderían" lo que en realidad está diciendo es que es él quien, en verdad, no entiende ni conoce a sus votantes.

Los españoles, en los ya casi cuarenta años de nuestra actual democracia, han mostrado una permanente moderación ideológica. En la escala izquierda/derecha de 11 puntos (0= extrema izquierda, 10= extrema derecha) se han situado, en conjunto, y según los momentos, entre el 4.6 y el 4.9: ahora lo hacen en el 4.9. Y entre las dos formaciones que ahora registran, entre sus votantes, las puntuaciones medias más y menos elevadas (PP y Unidos Podemos, respectivamente) la distancia —así medida— es solamente de 2.8 puntos (6.3 frente a 3.5). O lo que es igual: ideológicamente, los españoles tienden a arracimarse en torno a las posiciones intermedias, centradas, rehuyendo las más radicales. En el momento actual, el 57.2% se ubica en los puntos centrales de la escala ideológica (4, 5 y 6), y solo el 6.4% en los más extremos (0,1 y 9,10).

Todo este conjunto de datos invita a concluir que España, en este momento, es un país, que logra afrontar con serenidad, y sin tentaciones de aventurerismos, el sufrimiento, la decepción y el recorte de oportunidades vitales que le impone la actual situación y que sabe dar muestras de alivio e ilusión en cuanto percibe señales, por mínimas que sean, y las emita quien las emita, que alguien parece dispuesto a afrontarlas. Un país, en suma, que anhela reformas profundas y que, en muchos de sus rasgos esenciales, parece estar claramente a mayor altura que muchos de quienes le representan.