Para quienes votamos por primera vez en 1978, la aprobación de la Constitución es una fecha imposible de olvidar. Nacimos a caballo entre la década de los cincuenta y los soleados años sesenta. Éramos adolescentes con inquietudes políticas y sociales, como se decía entonces, que no comprendíamos que en España no se pudiera votar, que las películas fueran censuradas, que no hubiera libertad de expresión.

Tras la muerte de Franco, España dejó de ser una anomalía en la Europa democrática. La ley de Reforma Política de 1976, un indulto general, dos amnistías y ias elecciones municipales de 1977 fueron el preludio de la Constitución. Fue la ratificación de que no había marcha atrás en el camino hacia la libertad y la convivencia democrática, y llegó ese 6 de diciembre de 1978. No eran tiempos fáciles. Semanas antes, terroristas de ETA, la violenta expresión del separatismo vasco, asesinaron a cuatro guardias civiles que regresaban de prestar un servicio de seguridad en el campo municipal de fútbol de Guecho (Getxo). El diario 'El País' sufrió pocos días después un atentado perpetrado por la ultraderecha. Un paquete bomba causó la muerte a un joven conserje de 19 años. Al día siguiente, las Cortes votaron el texto definitivo de la Constitución, con los artículos que consagraban, entre otros derechos, la libertad de expresión. Contra ellos iban también dirigidas las balas de los terroristas.

El camino a la democracia, y su consolidación, no fue fácil, ni lo fueron las circunstancias económicas, políticas y sociales que hubieron de afrontarse. Pero, sobre esas dificultades, se impuso la voluntad colectiva de pasar una triste página de la historia de España y construir una convivencia democrática. Ese esfuerzo conjunto es lo que ha hecho válido y perdurable un texto que, por supuesto, es mejorable, pero que ha sostenido, y sigue sosteniendo, las cuatro décadas más estables y prósperas de nuestra historia.

Muchos de quienes votamos por primera vez ese 6 de diciembre, recién cumplidos los 18, fuimos conscientes de que estábamos marcando un antes y un después. Aunque no nos hubiéramos leído un texto que es como el abecedario de nuestros derechos y libertades. Sabíamos que verdaderamente esa Constitución restauraba la libertad y la convivencia que había estado dramáticamente fracturada.Los padres de la Carta Magna, es cierto, tuvieron que hacer encaje de bolillos en lo referente a la cuestión territorial, y han quedado superados por la evolución de los tiempos preceptos como el que consagra la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión a la Jefatura del Estado. El rey Felipe VI, monarca constitucional, se manifestaba hace unos días en línea con la mayoría de los españoles, que, según la encuesta de Metroscopia que publicamos hoy, manifiestan su apoyo a la Constitución y también su voluntad de que sea reformada pero no sin amplio acuerdo político.

La Constitución de 1978 tuvo la virtud de suscitar esperanza en un momento muy complicado. Cuatro décadas después, una mirada atrás constata todo lo que hemos avanzado juntos. Pero es imposible ignorar los estragos causados por la crisis económica, los casos de corrupción o el intento rupturista del independentismo de Cataluña. Durante estos años, han coexistido en el escenario diversos partidos políticos, cuya misión y responsabilidad consagra la Constitución. Los resultados de las últimas citas electorales, con el incremento preocupante de la abstención y la expresión de un claro descontento, revelan un malestar al que los partidos han de dar respuesta. Pero no solo ellos. En el hábitat democrático propiciado por la Constitución, la sociedad civil, cada vez más convencida de su responsabilidad, ha de tener una voz determinante. Recuperar la ilusión parece una misión muy ardua, pero no es imposible, como no lo fue en 1978. Los valores de ese 6-D siguen vigentes. Nuestra contribución para celebrarlos, repensarlos y adaptarlos al siglo XXI son estas páginas especiales que queremos compartir hoy con los lectores del 20minutos.

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