Espido Freire  Escritora

Y esas historias

Archivo - Librería Cervantes, en Oviedo
Librería Cervantes, en Oviedo
EUROPA PRESS/Archivo

Algo peculiar está ocurriendo, día a día, en el despertar de las calles tras la pandemia, algo que va más allá de las terrazas, y el hueco que deja el pequeño comercio cerrado, con sus miles de historias desgarradoras detrás, y de las franquicias que, de manera imparable, reconquistan las calles en las que el turismo aparece de nuevo. Se trata de la aparición de los negocios que pide el ritmo nuevo y los hábitos recién impuestos, que se imponen donde otros cierran o languidecen: restaurantes de comida que se prepara o se mezcla casi al instante y se consume en otros lugares, cientos de locales dedicados a la estética, tras haber aprendido que el cuerpo propio es un valor imponderable, y librerías.

Sí, librerías. El negocio por el cual solo los locos apuestan, y más aún con el acoso de las gigantescas plataformas con su aliento de internet en el cogote de los libreros. Librerías a las que el confinamiento pilló recién iniciadas, como 80 mundos, en Alicante, que se convirtieron rápidamente a lo que se necesitaba en la distancia: una distribuidora rápida, una consejera de nuevas lecturas, un club de lectura digital en el que el objeto dejaba paso al servicio.

"La lectura, aunque no sea mayoritaria, nos salva del olvido y de la vulgaridad"

La última ha sido la Puerta de Tannhaüser de Cáceres, replicante y hermana de la de Plasencia. Una librería que ha contado con el Premio a la Librería Cultural de 2020 y Fomento de la Lectura que comparte con sus lectores no solo una visión de qué merece la pena leer, sino una filosofía propia de que la lectura, aunque no sea mayoritaria, nos salva del olvido y de la vulgaridad. Les irá bien, sin duda, porque ellos y otras nuevas librerías (Crazy Mary, o Proteo, que sin duda renacerá de sus cenizas, en Málaga, tras el incendio que le hizo perder su fondo) han comprendido bien algo que otros sectores, incluso dentro del libro, no entienden: que no hablamos ya de leer a solas, sino de un hallazgo compartido. Que la experiencia se encuentra muy por encima del hecho de la compra. Que esas mismas devastadoras plataformas pueden competir en cuanto a libro de texto, o el precio del bolsillo: pero que los libros hermosos, bien editados, desde las novelas gráficas a los clásicos mimados con cubiertas renovadas, los infantiles, o las joyas de edición limitada aumentan su valor cuando alguien nos los enseña, casi como un secreto, cuando una librera se toma el tiempo de escuchar o de intuir qué queremos, o qué necesitamos, y nos receta un libro como quien nos presenta a un amigo común.

Los negocios que se basaban en su capacidad como depósito de objetos, entre ellas muchas librerías con un buen fondo, un hecho cada vez menos común, se encuentran en una extinción casi inexorable. Algunas, sin duda, sobrevivirán, pero el modelo en el que se basan envejeció con la prisa de los tiempos. Ahora no son solo los libros, sino las historias, esas historias que nos cuenta el libro, que deducimos de la librería que toma el relevo. Y puede que así el nuevo lector se encuentre con el de siempre.

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