Almudena interminable

Fernando Baeta  Subdirector del área editorial de Medios de HenneoOPINIÓN
La escritora Almudena Grandes, en una fotografía del pasado 17 de septiembre de 2020.
La escritora Almudena Grandes, en una fotografía del pasado 17 de septiembre de 2020.
EFE / Archivo / Pablo Martín

Pocas líneas son estas para hablar de Almudena Grandes. Cuatro párrafos se van a quedar cortos incluso para trazar un simple esbozo, por muy simple que sea, de esta mujer infinita, de esta escritora poderosa que no se acaba jamás, honesta y libre que un día se cruzó en nuestro camino, en el mío al menos, sin más armas que su corazón y su palabra. Una escritora que siempre ha tenido claro donde estaba su lugar en el mundo y que creía ciegamente en la responsabilidad social de los que se dedican a contar historias. Y lo ha hecho con la solvencia y sabiduría de su literatura sobresaliente, pero también con la humanidad de quien intenta devolver la dignidad y la esperanza a los que se la arrebataron injustamente, el nombre a quienes se lo borraron sin contemplaciones y la alegría, alegría a raudales, a todos aquellos que sufrieron la desdicha de la derrota y otra mucho más dolorosa todavía, la del silencio.

No tuve la suerte, y lo lamento, de conocerla más allá de sus escritos y de lo que estos me dejaron. Pero Eduardo Mendicutti siempre me habló muy bien de su amiga y su palabra siempre me ha bastado. Ahora me siento como un lector herido, huérfano de ella, como uno más de esos que leían todo lo que brotaba de su puño y letra –somos multitud– y que se han acercado al cementerio civil de La Almudena para despedirla con algún libro suyo como estandarte. Literariamente vino al mundo con Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango y Atlas de geografía humana, entre otras. Se hizo mayor, si es que aún no lo era, con El corazón helado. Pero fue luego, con la serie Episodios de una guerra interminable, cuando se convirtió en don Benito sin necesidad de dejar de ser Almudena para reescribir la historia humana de buena parte del siglo XX español y fundamentalmente para recuperar la memoria de aquellas mujeres y hombres que nuestra maldita Guerra Civil y postguerra fueron dejando tirados en las cunetas del olvido.

Ya llevaba cinco entregas –Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita, Los pacientes del doctor García y La madre de Frankenstein– y estábamos a la espera de la sexta y última que iba a titularse Mariano en el Bidasoa. En todas ellas se hace patente la fusión de su apabullante y apasionada narrativa con un compromiso inalterable por recuperar la parte de nuestro turbulento pasado que la victoria intentó exterminar. Libros que aúnan literatura e historia, ficción y realidad, pasión desbordada y amor desmedido; libros que debieran ser de lectura imprescindible para los que quieren saber todo lo que realmente sucedió durante aquellos telúricos años grabados en blanco y negro; libros que nunca nacieron de la necesidad de venganza sino de la búsqueda de reparación y justicia. Me suele pasar con algunos libros, y desde luego me pasa con los de Almudena Grandes, que cuando apenas he superado las 10 o 20 primeras páginas empiezo a sentir un ligero cosquilleo que me anuncia el milagro de empezar a vivir en su interior, de cohabitar entre sus páginas, de entrar de lleno a formar parte de otro universo de esos que merece ser leído. Y todos los libros y universos de esta mujer interminable siempre merecerán ser leídos, descubiertos y recordados.

Pero con todo esto apenas rasco la superficie de su figura infinita e ingobernable, una mujer buena en el mejor sentido machadiano de la palabra y que nunca estuvo de acuerdo en que el futuro consistiera en olvidar el pasado. El resto, todo lo demás de esta mujer, que es demasiado, no me cabe en estos párrafos y lo siento, pero también es verdad que a la literatura y a la vida de Almudena Grandes siempre resultará difícil, sino imposible, ponerle la palabra fin.

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