El departamento de I+D+i del Grupo Ence estudia, junto con distintas instituciones y empresas de Andalucía, Galicia y Asturias, la posible aplicación de las cenizas procedentes de la quema de restos forestales y biomasa como fertilizante en plantaciones forestales, y ampliar así los posibles usos de este residuo característico de las calderas de biomasa y que en algunas comunidades ya emplean las empresas cementeras.

Según ha informado la compañía, las cenizas procedentes de la combustión de biomasa son un residuo o subproducto que sólo en Galicia alcanzan las 50.000 toneladas anuales procedentes de la fabricación de tableros, de pasta de papel y del papel, donde se queman principalmente corteza y otros restos de madera. En la comunidad andaluza la producción de cenizas se cifra en una cantidad que supera las 65.000 toneladas al año, mientras que en Asturias es de unas 14.000 toneladas.

Estas cenizas son ricas en nutrientes esenciales para las plantas y dado su marcado carácter básico pueden actuar como enmendante de suelos ácidos, abundantes en diversas zonas de las tres regiones. El objetivo de ENCE impulsando esta línea de investigación es encontrar alternativas de aplicación para este residuo característico de sus plantas industriales, especialmente ahora que con la crisis del sector de la construcción que afecta a las cementeras, han descendido los altos índices tradicionales de valorización de las cenizas.

El reciclaje de cenizas de biomasa como fertilizante es una práctica que lleva desarrollándose más de 70 años en países como Suecia y Finlandia. Más recientemente, se ha analizado su uso en otros como Estonia, donde el crecimiento de su especie más abundante, el Pynus sylvestris, se ha visto favorecido por el tratamiento, ya que las cenizas han propiciado una rápida concentración de nutrientes en el suelo. O en Suiza, donde se han observado mejoras en las propiedades de un suelo ácido inmediatamente después de su fertilización con cenizas. Además el efecto fertilizante ha mostrado ser tan duradero o más que el de los fertilizantes artificiales (unos 30 años), llegando incluso a los 50 años.

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