Lara Croft, de 'Tomb Raider'
El personaje Lara Croft del videojuego 'Tomb Raider'.

Gordas y su contrario, con bocas de piñón o interminables buzones, altas hasta la extenuación o pequeñitas, exuberantes y atómicas como muñeca de videojuego o llenas de carnes salidas de Rubens, morenas rozando la noche o blancas a fuerza de gorro y vinagre... Enfrentados cánones que a lo largo de la historia occidental han ido marcando normas de belleza incluso opuestas. La tiranía de la estética, que vive hoy más que nunca épocas de auténtica gloria y bisturí.

Lo último ya no es cuestión ni de dieta ni de gimnasio, sólo con cirugía podemos alcanzar esos cuerpos imposibles de nalgas brasileñas, cintura de avispa, busto de Barbie y piernas interminables, salidos del mundo del videojuego: el canon de nuestro moderno y cada vez más imposible siglo xxi.

Algunas mujeres parecen arrojar algo de cordura a tanto exceso defendiendo sus formas y cuerpos de mujer. Es sólo un resquicio, excepciones aún, pero quién sabe, tal vez haya suerte y conviertan la brecha en ventana.

Alternando formas

Cebado el canon en las mujeres, el ideal de belleza ha ido alternando la gordura con la delgadez y con las curvas en caderas y pecho de aquella primera Venus de Willendorf.

En el rostro, el canon también ha hecho sus contrastes: ¿quién iba a decir a las damas del Renacimiento que sus finos labios serían operados en el siglo xx y que su blancura se tostaría hasta lo insospechado? Hemos vivido, aún quedan restos en las pasarelas, tiempos convulsos donde lo bello rozaba la locura: ojos ahumados, bocas desmesuradas pintadas de color carne, pómulos enfermizos...

Afortunadamente, mujeres como Catherine Zeta Jones, Beyoncé, Jennifer López, Scarlett Johansson o incluso Penélope Cruz, que luce últimamente algo más de carne, dan la vuelta a la herencia que nos dejó Twiggy.

Unas veces más exageradamente que otras, pero a lo largo de nuestra historia la gordura ha sido sinónimo de belleza mucho más tiempo que la delgadez. Si bien es cierto que hasta la época clásica es difícil hablar de canon, sí podemos rastrear alguna escultura, como la Venus de Willendorf, que deja claro el gusto por lo rollizo y aún más, por la mujer embarazada.

La maternidad vuelve hoy a ocupar una de nuestra artes, la fotografía, pero con claras diferencias. Ahora muestran embarazos imposibles para la mayoría: mujeres delgadísimas con su retoño en una barriga que tardará en desaparecer lo que tarden en salir del hospital. Es el caso de Demi Moore o Claudia Schiffer, que no dudaron en posar desnudas.

El triunfo de la armonía

Proporción y armonía fue el canon en la antigua Grecia: sus esculturas dejan claro que la belleza estaba donde sigue estando, por mucho que las modas hablen de lo contario, en la proporción. ¿Qué pensarían aquellos amantes de la mesurada belleza si vieran sus pómulos redondeados convertidos hoy en carne de bisturí?

Con la Edad Media llegaron los labios pequeños, hoy impensables como algo bello, el pelo largo y la pequeñez como medida. Son mujeres recogidas, la otra cara sin duda de la desmesurada altura que hoy triunfa, aunque pequeñas féminas como Scarlett nos devuelvan este tipo. Los senos pequeños eran bellos y la piel blanca, también. Los cuadros de Jan van Eyck dan buena cuenta del modelo. El pelo rubio y largo que hoy sigue siendo considerado lo bello era ya modelo a seguir, y también la fragilidad como ideal estético se repetiría en el siglo xx.

La armonía y la proporción resisten como canon en el Renacimiento, aunque por poco tiempo. Es la época del David de Miguel Ángel y El nacimiento de Venus de Botticelli. Pálidas mujeres con largo pelo rubio, ojos claros y finas cinturas. El pecho sigue alejado de los tamaños que hoy triunfan. Su amor por la armonía lo hubiera impedido.

La armonía empieza a tocar fondo con el Barroco, aunque lo hiciera en el sentido inverso al actual: hacia la gordura, aunque eso sí, con apreta-dísimos corpiños. Es el tiempo de Rubens y el exceso. Un exceso que se contagió a lo demás: es la época donde las apariencias lo son todo. Nos acercamos al siglo maquillado, disfrazado y operado.

El fin de la proporción

Es el siglo xx el que nos trae uno de nuestros grandes males: la delgadez extrema. Pero antes de ello encontramos las mujeres más sensuales de la historia: las de los cuarenta y los cincuenta. Es la época donde el canon lo dictan cuerpos como el de la esplendorosa Marilyn. Inmediatamente después, en los sesenta, haría su aparición la delgadez, pero no sería hasta los setenta, con Twiggy, cuando la figura recta, ausente de formas, se suba al podio. Twiggy y su triunfo en las pasarelas lo revolucionan todo y marcan las siguientes décadas.

Con Claudia Schiffer, Cindy Crawford y Naomi Campbell hay cierto respiro en los noventa, en cuanto a la delgadez, pero no en lo demás. Sus labios, sus cutis, sus medidas y su altura están muy lejos de la realidad.

Lo último pasa por el mundo del videojuego, donde personajes como Lara Croft marcan la estética. Y ahí andamos, entre cirugía y gimnasio, siguiendo cánones que nunca tanto como hoy se distanciaron de lo posible.

Inamovible canon masculino

Desde el David de Miguel Ángel el canon masculino apenas se ha movido de donde marcaba la famosa escultura. Cuerpos atléticos, armónicamente musculados, piernas largas y una apariencia general de hombre fuerte (sin excesos) sigue siendo lo que hoy marca el ideal de belleza para ellos. Quizá en la actualidad exista cierta influencia de los videojuegos y las facciones del rostro ideal del varón sean más marcadas que antaño. Pero a ellos jamás se les ha impuesto un modelo imposible o feo, como la delgadez femenina. ¿Una cuestión de sexo?